En la provincia de Córdoba, tierra de historia antigua y horizontes anchos, se alzan decenas de castillos que el tiempo ha ido dejando como huellas en piedra. Andalucía entera está salpicada de estas fortalezas, porque fue durante siglos una línea de frontera viva, donde el mundo cristiano y el islámico se miraban de frente.
Las batallas dejaron cicatrices, pero también construcciones que, aún hoy, cuentan historias al viajero atento. Entre todas ellas, hay una que no se parece a ninguna otra. En lo alto de un cerro, rodeado de dehesas y olivares, se alza el castillo de Belalcázar. No solo es majestuoso, sino que guarda un secreto que lo convierte en único: su torre del homenaje es la más alta de toda la península ibérica.
Este castillo no es una simple ruina. Es un gigante de piedra que domina la comarca de Los Pedroches desde hace más de cinco siglos. Belalcázar, el pueblo que lo acoge, está al norte de la provincia de Córdoba, a unos cien kilómetros de la capital. Aquí no hay ruido ni prisas, solo el silencio del campo andaluz, el canto lejano de los pájaros y el olor profundo del olivar. Las casas blancas se abrazan entre sí en calles tranquilas, y desde casi cualquier rincón se ve, imponente, la silueta del castillo, como si vigilara el paso del tiempo.
El castillo de Belalcázar. ©Turismo de Belalcázar.
La historia del lugar se remonta a épocas muy anteriores al castillo que hoy vemos. Ya en tiempos romanos y árabes existía aquí un asentamiento, pero fue en el siglo XV cuando comenzó la construcción de la gran fortaleza que aún perdura.
El rey Juan II de Castilla concedió estas tierras a Gutierre de Sotomayor, maestre de la Orden de Alcántara, y con él llegaron las piedras, los maestros canteros y los sueños de grandeza. El castillo se levantó con una mezcla de propósito defensivo y poder señorial. Sus muros de granito, sus torres almenadas y sus detalles góticos lo convierten en una de las joyas militares más notables de Andalucía.
Pero lo que realmente deja sin aliento es su torre del homenaje. No hay otra igual en toda la península. Con 47 metros de altura, esta mole de piedra no solo servía para defender, sino también para impresionar. Desde lejos ya se adivina su presencia. Cuando uno se acerca, la vista se pierde en su verticalidad. Subir hasta lo más alto es como emprender un viaje hacia otro tiempo. Desde allí arriba, el paisaje se abre en todas direcciones: dehesas salpicadas de encinas, campos infinitos de olivos, y el rumor callado del campo andaluz que parece susurrar historias al oído.
Puente de San Pedro. ©Turismo de Belalcázar.
Además del castillo, Belalcázar guarda otros rincones que merecen la visita. Pasear por el pueblo es una forma de entender su pasado y su presente. La iglesia de Santiago el Mayor, con su arquitectura sobria, el convento de Santa Clara de la Columna, fundado en el siglo XV y habitado aún por una pequeña comunidad de clarisas, o el Estanque del Pilar, una obra hidráulica del siglo XVI, son paradas que invitan a mirar con calma.
Convento de Santa Clara. ©Turismo de Belalcázar.
La comarca de Los Pedroches, además, es ideal para los que buscan naturaleza sin artificios. Hay rutas a pie o en bicicleta que recorren la dehesa, caminos que cruzan entre encinas y pastos, y en los que es fácil encontrarse con ciervos, aves rapaces o incluso algún jabalí cruzando con elegancia. En cada paso, el silencio acompaña. Es un silencio antiguo, denso, lleno de vida escondida.
Quien venga hasta aquí no debería irse sin probar los sabores locales. El jamón ibérico de bellota, curado al aire seco de estas sierras, es un manjar que resume en cada loncha toda la riqueza del entorno. Los aceites de oliva virgen extra, intensos y aromáticos, y los quesos artesanos completan una mesa que habla de tradición y de cuidado por lo propio.
El mejor momento para visitar Belalcázar es en primavera o en otoño. La luz es más suave, el clima más amable, y los paisajes se visten con sus mejores colores. En primavera, las dehesas florecen y el aire huele a jara y romero.
En otoño, los tonos ocres y dorados tiñen los campos y las temperaturas invitan a caminar sin prisa. El verano puede ser más duro, pero incluso entonces, a primera hora de la mañana o al caer la tarde, la visita al castillo se convierte en una experiencia inolvidable.
Imágenes | Turismo de Belalcázar
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