Nunca está de más comprobar cómo un edificio ilustre logra salvarse del deterioro y del olvido. Eso es exactamente lo que acaba de ocurrir con la Piscina-Club Stella, uno de los grandes mitos del Madrid de posguerra y referente indiscutible del racionalismo arquitectónico de mediados del siglo XX. Tras décadas de abandono, su historia acaba de tomar un rumbo inesperado.
Para entender la magnitud de la noticia hay que remontarse a los orígenes del complejo. Proyectado en 1945 por Fermín Moscoso del Prado y ampliado siete años después por Luis Gutiérrez de Soto, este recinto ubicado en la calle Arturo Soria fue durante décadas mucho más que un lugar donde bañarse.
Era, en cierta forma, una burbuja de libertad dentro de la dictadura franquista. Sus instalaciones lo tenían todo: jardines, pistas deportivas, bolera, restaurante, salón de baile y bingo.
Por allí pasaron militares estadounidenses de la base de Torrejón, aristócratas y familias acomodadas que buscaban algo difícil de encontrar en aquella época. Fue, también, el primer lugar de Madrid donde se permitió el bikini. Después vendría el topless. Más tarde, el nudismo. Todo en una ciudad que apenas empezaba a asomarse a la modernidad.
Esa llama fue apagándose paulatinamente hasta que en 2006 cerró definitivamente sus puertas. Desde entonces, aquella silueta blanca y curva que tantos madrileños habían contemplado desde la M-30 sin saber muy bien qué era quedó varada en el tiempo. Su nivel de protección patrimonial, catalogado en grado parcial —uno de los más bajos del municipio—, dejaba la fachada con cierta cobertura legal pero el interior expuesto a modificaciones profundas.
Durante años, la cuestión de qué figura jurídica debía amparar al Stella estuvo bloqueada entre distintas sensibilidades políticas. En 2024 hubo un intento de elevar su categoría de protección y declararlo Bien de Interés Patrimonial, pero tampoco prosperó. Otro fracaso institucional para un edificio que Madrid nunca terminó de saber proteger.
Ahora, casi dos décadas después del cierre, llega el giro. Una congregación religiosa francesa, la Unión Cristiana de San Chaumond, con sede central en Poitiers, ha adquirido el inmueble y tiene previsto transformarlo en un centro educativo de corte confesional y tradicional. La operación, adelantada por el diario El Mundo, se enmarca en un momento de expansión de esta institución en la capital española.
Aquí reside la paradoja más llamativa de toda esta historia. Aquel espacio que fue pionero en permitir el bikini en Madrid, donde el cuerpo se celebraba con una libertad insólita para la época, pasará a albergar un colegio privado y católico.
Cuesta imaginar un destino más irónico para un lugar cuya memoria está tan ligada al hedonismo y a una idea genuinamente laica de modernidad. De refugio de militares americanos y aristócratas en bañador a centro de formación espiritual e intelectual. Pocas ciudades ofrecen paradojas urbanas tan densas como esta.
Quedan, eso sí, preguntas sin respuesta. Con una protección arquitectónica parcial, el nuevo propietario tiene margen legal para intervenir con cierta profundidad. Nadie sabe todavía si se respetará la volumetría original, si sobrevivirán los interiores más singulares ni cuánto quedará de ese espíritu racionalista que hizo del Stella una pieza singular del paisaje madrileño.
Pero algo está claro: el edificio escapa de la ruina. Tras veinte años de vegetación descontrolada y puertas cerradas, volverá a tener vida. Su nuevo uso poco tiene que ver con lo que fue, pero su mera supervivencia ya es, a su manera, una buena noticia para el patrimonio moderno de Madrid. Una paradoja sorprendente que, al menos, tiene final feliz.
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