
Después de que la Nochebuena y la Navidad pasaran por mi cocina como un huracán, he quedado con tal confusión mental que ya no sé en que día vivo. Hoy creía que era lunes y ayer que era viernes. Mi cocina parece la isla de Perdidos, en la que todo es posible y nada es lo que parece; y aún queda la gran cena de Nochevieja, nueve almas que sentar en la mesa.
Todo este discurso tiene mucho que ver con el revuelto de ajetes y gulas que he cocinado hoy, ya que después de tanto despiste resulta que tenía poca cosa en mi despensa y después de rebuscar, para poder ofrecer a mi familia un primer plato digno, unos huevos, unas gulas y unos ajetes congelados han venido en mi ayuda. Benditos sean.

Picamos finamente la chalota y la pochamos en una sartén con un chorro de aceite. Añadimos los ajetes y cocinamos a fuego medio hasta que estén tiernos. Añadimos las gulas y revolvemos hasta que estén bien calientes. Batimos los huevos ligeramente y salamos, solo hace falta que las yemas rompan, así podremos disfrutar de un sabor más puro a huevo.
Ponemos el huevo en la sartén y bajamos el fuego, sin dejar de remover, hasta que el huevo cuaje ligeramente pero sin perder la textura casi líquida.

Tiempo de elaboración | 30 minutos
Dificultad | baja
Sentada a la mesa, mi familia ignoraba el apremio de este revuelto de ajetes y gulas; incautos, me imaginaban haciendo la compra y pensando en el fabuloso primer plato del domingo… Y gustó mucho. A mí, consciente del proceso y de la urgencia, me gustó aún más: el sabor y la textura del huevo de corral acariciando gulas y ajetes por igual hacían que este plato entrara bien por los ojos, y aún más por la boca.
Mientras lo comía no podía dejar de pensar que sería una buena tapa, bien sobre una tosta de pan a la brasa o sobre una cucharilla de aperitivo.
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