
En verano cambian los hábitos alimenticios. Mientras todos aseguramos que comemos menos por eso del calor, la verdad es que a la vuelta de vacaciones, en septiembre, muchos nos damos un aire a la orca Willy, que no perdonamos un polo almendrado ni una paella debajo de una sombra. En realidad, lo que hacemos es ponernos tibios de comidas veraniegas con la pretendida excusa de que son muy ligeras. Luego pasa lo que pasa.
Cuando era pequeña el tiempo pasaba muy despacio, y el verano nunca se acababa. Comíamos en bañador, lo cual me hacía sentir un poco como las suecas de Torremolinos, aunque a decir verdad, el aire exótico siempre me ha corrido más por dentro que por fuera. A nuestra mesa, que muchos días se trasladaba a la terraza, llegaban manjares exclusivos de los días de estío.
Todos se sentían dichosos por poder ponerse ciegos a sandía, melón con jamón o ensaladilla, mientras yo me preguntaba qué necesidad había. Sin embargo, me encantaba la sangría, por eso de poder tomar vino sin que me miraran mal, y me volvía loca con las ensaladas mixtas de mi madre. Pero había una comida que nunca llegaba a la mesa, y de la que en ocasiones escuchaba hablar como el maná de los grandes calores: el gazpacho.





