No es un espejismo. La sensación de que esta Navidad ha costado más llenar la mesa no es una exageración colectiva ni un lamento estacional. Los precios confirman que estamos terminando una de las campañas navideñas más apretadas de los últimos años, especialmente para la clase media, que vuelve a hacer malabares entre tradición y presupuesto a falta todavía de jornadas clave en las fiestas.
El problema no está en los excesos, sino en los básicos. En pleno colofón de las fiestas, productos como la ternera, los huevos y los turrones, casi inevitables en estas fechas, siguen totalmente encarecidos de forma notable, tensionando un gasto que muchas familias ya venían arrastrando desde meses atrás. La Navidad llega, pero no perdona.
Según los datos disponibles más recientes, el Índice de Precios de Consumo (IPC) se moderó una décima en noviembre y avanzó un 3% interanual mientras la inflación subyacente subió una décima respecto al mes anterior situándose en el 2,6%, su mayor nivel en un año.
En lo que a la cesta de la compra se refiere, el precio de la ternera acumula subidas sostenidas por el aumento de los costes de producción, la reducción del censo ganadero y una demanda que no afloja en estas fechas. El resultado es una carne más cara justo cuando más se consume, desde los asados familiares hasta los fondos para guisos festivos.
Algo similar ocurre con los huevos, un producto humilde que ha dejado de serlo en el ticket de la compra. El encarecimiento del pienso, los costes energéticos y los cambios normativos en las granjas han empujado al alza un alimento que funciona como termómetro silencioso del bolsillo doméstico. Cuando suben los huevos, la sensación de ajuste se vuelve real.
Y luego está el turrón, símbolo navideño por excelencia. Con Suchard como abanderado de la subida (a cambio de menos cantidad), incluso las gamas más tradicionales han subido precios, afectadas por el encarecimiento de materias primas como la almendra y el cacao. El dulce que antes se compraba casi por inercia ahora se compara, se raciona o directamente se sustituye.
Cantidades más ajustadas
Este contexto explica por qué muchas familias hablan de una Navidad más corta, no en días, sino en decisiones. Se mantienen las reuniones y los rituales, pero se ajustan cantidades, se recortan marcas y se prioriza lo imprescindible. Menos derroche y más cálculo mental frente a la estantería del supermercado.
La presión no se limita a diciembre. La inflación alimentaria ha dejado huella durante todo el año, y la Navidad solo actúa como espejo amplificador, a la espera de la inflación que aguarda a la vuelta de la esquina el 1 de enero. El problema no es un gasto puntual, sino la acumulación de subidas que han ido estrechando el margen mes a mes.
Así, esta Navidad no es más triste ni menos celebrada, pero sí más vigilada por parte de unos consumidores que tienen cada vez menos margen de maniobra con la misma cantidad de dinero. El menú se piensa más, el carro pesa menos y el precio importa más que nunca. No es nostalgia ni pesimismo: es aritmética doméstica en tiempos de inflación.
Foto | Pexels
En DAP | La verdadera historia de las 12 uvas de Nochevieja, una fruta cuya temporada pasó hace meses