Ruta por las mejores tabernas del Cabanyal-Canyamelar, el barrio de pescadores de Valencia donde almorzar y tapear a lo grande

Ruta por las mejores tabernas del Cabanyal-Canyamelar, el barrio de pescadores de Valencia donde almorzar y tapear a lo grande
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Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que se decía que Valencia vivía de espaldas al mar. La actividad comercial, gastronómica y de ocio se concentraba únicamente en el centro de la ciudad, mientras que el distrito de los poblados marítimos era presa del abandono. La situación llegó a ser especialmente conflictiva en el Cabanyal-Canyamelar, un antiguo barrio de pescadores sobre el se proyectó un plan urbanístico que amenazaba con llevarse por delante su pintoresca retícula de calles y casas de arquitectura modernista popular.

Afortunadamente, aquella iniciativa no fructificó, abriéndose así una nueva etapa en la que se rehabilitaron muchas viviendas, se arreglaron las calles y abrieron multitud de pequeñas tiendas y negocios de hostelería. Hoy en día -y dejando aparte las consideraciones sobre el evidente proceso de gentrificación en el que está inmerso-, el Cabanyal-Canyamelar es un barrio joven y lleno de vida, que además ha protagonizado un florecimiento gastronómico espectacular.

Allí convive la tradición más genuina de tabernas con solera junto a propuestas muy contemporáneas. Bares donde almorzar estupendamente bien por ocho euros y restaurantes gastronómicos de ochenta euros por comensal. Todos, eso sí, miran al mar y a la huerta.

Habitado por pescadores desde el siglo XIII, y conformado como municipio independiente en el siglo XIX bajo el nombre ya extinto de Pueblo Nuevo del Mar, el Cabanyal-Canyamelar desarrolló una identidad propia que se plasma tanto en la estética -las casas unifamiliares de una o dos alturas, las fachadas revestidas de azulejos multicolores- como en las costumbres y la comida. No hay mejor manera de conocer su historia que dedicar uno o dos días a pasear por sus calles y visitar sus bares y tabernas más emblemáticas.

Las tabernas históricas

Casa Montaña

Casamontana

Comencemos por los lugares históricos. Casa Montaña (calle Benlliure, 69) es de visita obligada. Fundada en 1836 y adquirida en 1994 por su actual propietario, Emiliano García, esta preciosa taberna atestada de toneles y mesas de taburete alto es en realidad un restaurante de producto encubierto.

Para empezar, es un paraíso para los amantes de la enología. Casa Montaña posee una de las mejores bodegas de la ciudad, con más de mil referencias de todo el mundo. Entre los platos imprescindibles de la carta, las alcachofas de temporada, el mollet de hummus de garrofó pintat con pulpo seco, el pepito de titaina, el boquerón frito de la bahía de Castellón, la brandada de bacalao y la clòtxina valenciana. El medio es de unos 40 euros, pero la calidad de todas las materias primas es excelsa.

Casa Guillermo

Casa Guillermo

Casa Guillermo (calle del Progreso, 15) es otro clásico, aunque engaña. Hace unos años se trasladó del pequeño y oscuro bajo en el que arrancaron su actividad hace sesenta años a un local más amplio y de diseño contemporáneo (y más impersonal, todo sea dicho). Pero sigue siendo un negocio familiar que lleva por bandera los mismos productos que labraron su fama en los inicios: las anchoas del Cantábrico (cuidadosamente seleccionadas y sobadas a mano por ellos mismos), la morcilla de Toribio de Chirivella, las habas cocidas y, de nuevo, la titaina.

Bodega Aldeana 1927

Cocadacsaaldeana

Nos vamos ahora a Bodega Aldeana 1927 (José Benlliure, 258) un lugar emblemático del Cabanyal que ha vuelto a la vida desde que tomó las riendas Alfonso García, un joven cocinero que después de formarse en restaurantes de alta gastronomía como El Poblet o La Sucursal decidió volver a su barrio natal para devolver la memoria del recetario tradicional del Cabanyal, pero desde un prisma contemporáneo.

Es un bar-restaurante polivalente; es famoso tanto por sus esmorzarets como por el tapeo, pero en su salón interior alberga además una casa de comidas magnífica. Tiene además una agradable terraza en una calle peatonal que permite gozar al mismo tiempo de la comida y del ambiente del barrio. En resumen, una taberna remozada con gusto, donde puedes comerte desde un bocadillo de blanc i negre -longaniza y morcilla-, un sepionet a lo brut (en plancha, con salsa mery y aceite de morcilla), una coca de dacsa (el tradicional “taco” de maíz valenciano), el mullador de escalivada, tomate y capellanet o un delicioso arròs amb fessols i naps.

Perfectas para el aperitivo y el almuerzo

La Paca y La Peseta

Lapaca

La Paca (calle del Rosario, 30) y La Peseta (Calle Cristo del Grao, 16) son primas hermanas, aunque no lo parezca a primera vista. Ambas tascas comparten propietarios, la garantía de precios contenidos y un perfil de clientela más bien joven y bohemia. La Paca es un local con un punto caótico, decorado con muebles antiguos, muñecas y carteles de personajes de la farándula. Uno de los secretos de su éxito es su pequeña terraza, donde inciden estratégicamente los rayos de sol a la hora del aperitivo (conseguir mesa allí es una yincana).

La Peseta, situada unos metros más al sur, en la llamada zona del Grao, conserva el empaque de la bodega original de 1906, con sus hileras de botellas y una gran barra que atraviesa el local de cabo a rabo. La combinación ganadora en ambos locales es el vermú casero y la tortilla de patata. Las tienen de todos los tipos: clásica, de calabacín, de embutido, con queso de cabra, jamón… La Peseta tiene el aliciente añadido del plato del día, que suele consistir en un arroz o una fideuà de ración.

La Pascuala

Si hablamos de bares y tabernas en los que comer o almorzar a precios muy asequibles, es necesario mencionar La Pascuala, un clásico absoluto que también abandonó hace pocos años su local original -grande, muy marinero y con cien años de historia- para establecerse en otro más luminoso y actual.Para muchos habituales, entre los que me cuento, esto fue una pequeña tragedia. En cualquier caso, sigue siendo una de las mecas del esmorzaret en Valencia -en 2015 obtuvo el Premio Cacau d’Or, que es como el Oscar de los almuerzos-. Por poco más de ocho euros te zampas un bocadillo gigantesco (recomendamos probar los de carne de caballo), con su correspondiente picaeta (aceitunas, salazones, altramuces y/o cacaus del collaret).

Anyora

Anyora

Dejamos para el final una bodega nacida hace tan solo cinco años, pero convertida casi de inmediato en uno de los destinos predilectos de la gente de buen comer. El que visita por primera vez Anyora (calle Vicent Gallart, 15), repite. El espacio es una especie de reconstrucción chic de una antigua barraca marinera, de las que se asentaban en primera línea de playa. Las sillas con asientos de esparto, la barra enmarcada en ristras de ñoras y ajos… todos los detalles están cuidadosamente pensados. A pesar de la "teatralización", Anyora no transmite ninguna sensación de impostura. Es una bodega acogedora y muy agradable.

El verdadero éxito de Anyora reside, por una parte, en la cocina. Esta área recae en Román Navarro y tiene como línea conductora la revisión de menjars de sempre; es decir, las recetas de las abuelas valencianas, con un ligero toque contemporáneo. Aquí, cada materia prima procede de un pequeño proveedor local. El cordero viene de Viver; los figatells de Alfafara; los embutidos son de la Herrerita, la carnicería más antigua de la Comunidad Valenciana, y así todo.

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Querido forastero, este es el lugar adecuado para probar lleteroles (mollejas a la valenciana), los tradicionales figatells (una especie de hamburguesa con mucho arraigo en la comarca de La Safor, compuesta por una mezcla de hígado de cerdo y carne magra del mismo animal), las crestas de gallo (que ellos preparan estilo mar y montaña, con langostinos a la espalda) o el morro con anguila ahumada. Ya que estamos, lo suyo es pedir también una tabla de salazones típicos del Cabanyal: mojama, hueva de atún, hueva de maruca y bonito. Todo sabroso y elaborado con mimo.

El otro secreto del éxito de Anyora se llama Nicola Sachetta. Además de tener una personalidad encantadora que siempre crea complicidades con el cliente, este sumiller de origen italiano es un apasionado absoluto de los vinos naturales y las bodegas indies. Cada día te sorprende con algo distinto, y siempre es interesante. Además de los naturales, su oferta incluye normalmente referencias de producción ecológica y de cultivo biodinámico. Háganme caso, y déjense llevar por Nicola.

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