Hubo un momento en el que tirar tabiques parecía casi una obligación estética. Si una reforma no incluía cocina abierta, isla central y tres taburetes perfectamente alineados, daba la sensación de haberse quedado atrapada en 2007. Las cocinas abiertas se convirtieron en símbolo de modernidad, amplitud y vida social.
El problema llegó después, normalmente acompañado de humo, olor a pescado y una campana extractora trabajando con más fe que eficacia. Cocinas abiertas y vida real no siempre encajan tan bien como prometen las fotos de catálogo o las ideas del interiorista de turno.
Una cocina abierta no es la mejor idea si se cocinas mucho y a diario. En realiad, hay una desconexión frecuente entre ciertas modas decorativas y el uso cotidiano de la vivienda. Porque una cosa es preparar un café rápido y otra muy distinta cocinar cada día mientras el sofá absorbe discretamente el olor a cebolla sofrita.
Desorden permanente
Actualmente, muchas personas reforman sus viviendas pensando más en la imagen aspiracional de la casa que en cómo viven realmente. Y ahí aparecen algunos problemas bastante previsibles: ruido constante de electrodomésticos, olores que invaden toda la vivienda, falta de intimidad visual y una sensación permanente de desorden cuando la cocina está integrada en el salón.
Las sartenes forman parte de la vida, pero quizá no hace falta contemplarlas desde el sofá a todas horas, menos si están sucias y apiladas. Espacios integrados y convivencia diaria requieren bastante más reflexión de la que parece.
La popularidad de las cocinas abiertas tiene mucho que ver con el auge de los espacios diáfanos y la necesidad de ganar amplitud visual en viviendas pequeñas. Eliminar tabiques permite que entre más luz y genera sensación de continuidad. Si muchas reformas recientes priorizan precisamente esa conexión visual entre cocina y salón, el problema aparece cuando la estética termina imponiéndose completamente a la funcionalidad cotidiana.
También hay algo bastante lógico que a veces se olvida: no todas las personas viven igual la cocina. Hay quien apenas utiliza los fogones y quien convierte cada cena en una mezcla entre restaurante familiar y laboratorio. En estos casos, mantener cierta separación, como un cordón sanitario, puede resultar mucho más cómodo. Especialmente es así en pisos donde el salón termina funcionando además como despacho, comedor y espacio de descanso.
Fotos | En Pexels: Pușcaș Adryan y Jivitharsan Suresh.