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De Malasaña a Zamora: así es la vendimia para un novato que no ha visto una viña en su vida

De Malasaña a Zamora: así es la vendimia para un novato que no ha visto una viña en su vida
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-Esto cansa un poco, pero lo peor es luego lavar las uvas.

Desde que llegué anoche a Madridanos (Tierra del Vino, 15 kilómetros al este de Zamora capital) me han venido advirtiendo de que la parte dura de la vendimia no es doblar la espalda, ni el viento del norte que se te mete por la nuca, ni siquiera el dolor que se te va quedando en los dedos cuando has cortados un par de centenares de racimos. Los expertos no quieren que me lleve sustos, y me dejan claro que el trabajo de verdad empieza después, al llegar a la casa en la que se hace el vino, cuando hay que ponerse a limpiar “casi una por una” las uvas.

Cuando llegábamos al pueblo el jueves por la noche intentaba hacerme una idea mental de cómo era el proceso, pero más allá de que había que meter uvas en cajas no tenía mucha más información de cómo hacer vino. No me entiendan mal, el mundillo no me es ajeno y suelo ser el tipo del grupo al que los amigos le ponen en la mano la carta de vinos nada más llegar al restaurante. Vamos, que vinos me he bebido alguno, pero mi conocimiento sobre el asunto empieza, como muy pronto, en el momento en el que la botella asoma en el lineal del Corte Inglés.

Para remediarlo me había apuntado a pasar el puente del Pilar en Zamora vendimiando y aprendiendo más sobre la tierra del vino. Puede que parezca una idea algo peregrina apuntarte a vendimiar solo por el placer de hacerlo, pero no soy el primero al que se le ha ocurrido.

vendimia viñedos Viñas en pie de guerra

Varias empresas ofrecen experiencias de este tipo que no solo implican salir a coger uvas, sino que además hay que pagar por ello. En el proceso también se aprende a pisar el vino (por los antiguos medios manuales o por los modernos mecánicos) así como a catar el vino y el mosto del que procede. En mi caso el plan era gratis, y se me prometía buena comida, ambiente familiar y generosas cantidades del vino que obtuviéramos.

Me eché un vistazo rápido cuando bajábamos del coche: camisa de oficina, zapatos de piel, aparcando un Fiat 500 descapotable que no se suele alejar demasiado de su garaje de Chamberí. Madridanos, provincia de Zamora, 481 habitantes en 2016, un bar y una oficina bancaria que cerró.

Garci y Neus, nuestros anfitriones, nos reciben con toneladas de cariño, aunque no les falta una media sonrisa al vernos bajar recién llegados de Madrid.

-Hemos cogido atasco al salir por la A6

-¿No será que os habéis perdido?

-Bueno, eso un poco también

gato pueblo coches Vecino de Madridanos escrutando a los visitantes

Durante la noche, cena y vino (por supuesto) mediante, nos hacemos a la idea de lo que toca el plan del día siguiente: un viñedo familiar, no comercial, que hace vino solo para los amigos y familiares. Iremos a la viña un sobrino, mujer e hijos, una hermana, tres vecinos, los anfitriones, su hijo y yo mismo, el de Madrid, que ha venido a ver cómo es la vendimia. Según Garci, deberíamos tenerlo listo en una mañana a ritmo tranquilo: “De verdad que no es gran cosa, son dos viñas, un par de horas la primera y hora media la siguiente, que es más pequeña pero con una cepa mucho mejor, poca cosa. Lo duro es limpiar la uva luego, que tienes que ir casi de una en una quitándole el polvo, la tierra y cualquier cosa, que luego el vino si no se queda amargo”.

De esta tierra sacan el vino, pero también un tomate de más de un kilo con un sabor de esos que hacen maldecir la globalización, pimientos, ajos, y una buena variedad de licores que se van acumulando en la mesa. Pruebo el de membrillo, y el de orégano.

-El de limón mañana no le saco, que estos se lo beben.

El despertador no tiene piedad con la colección de licores de anoche y cuando bajamos a 9 de la mañana ya está la casa llena de gente. Garci nos has dejado un par de monos de trabajo marrones. Se lo agradezco interiormente, porque no me había atrevido a preguntar qué se pone uno para vendimiar y mi única respuesta había sido coger vaqueros no demasiado nuevos y una camiseta, que he salvado de la quema.

No tiene ninguna pinta de que vayamos a acabar en dos horas, pero no me atrevo a abrir la boca

Cuando voy a echármelo encima descubro que es la primera vez en mi vida que me pongo un mono de trabajo y que, por supuesto, no tengo ni idea de cómo se mete uno allí. El primer intento acaba con la cremallera en la espalda, como si me hubiera decidido ponerme un vestido largo para ir a la ópera, y necesitara que mi gentil acompañante me lo abrochara delicadamente. Bochorno aparte consigo ponérmelo y me miro de reojo en el espejo. Afortunadamente es un espejo normal, de pueblo, porque si hubiera sido uno de Mr. Wonderful que dijera “sé tu mismo” le habría mentido vilmente.

El la pick up del vecino atravesamos Moraleja del Vino, “el único pueblo que está creciendo por aquí, la gente de Zamora se hace casas.” Y llegamos a Casaseca de las Chanas, el pueblo del que fue alcalde Maillo, dónde se encuentran las viñas que vamos a vendimiar.

Cuando llegamos parecen más que cuatro, y no tiene ninguna pinta de que vayamos a acabar en dos horas, pero no me atrevo a abrir la boca. “La herramienta” que me dejan tiene pinta de hoz en miniatura, Garci las ha afilado con mimo. Me deja también unos guantes que me pongo sin dudar, dos horas después me daré cuenta de que soy el único que los lleva.

Viñas y vendimiadores Doblar el espinazo

Lo que sé ahora es que el error de principiante es ser demasiado eficiente. Efectivamente en dos horas hemos acabado con la primera viña y no parece demasiado difícil. Vendimiamos las cepas de uva blanca, malvasía y jerez casi toda. En algunas crecen racimos enormes y abundantes que me recuerdan al robot hedonista de Futurama, en otras racimos más pequeños, pegados al tronco o al suelo, ocultos tras gran cantidad de hojas. Es esforzado, pero no difícil.

-Este oficio es de letra gorda, hay que tener ganas, pero difícil no es.

Una vez que me he enfriado, un dolor punzante aparece en los riñones

Poco después de las 12 toca almuerzo: vino del año pasado, gaseosa y empanadas caseras del día anterior. La vida en el campo empieza a parecerse a una novela pastoril y me creo perfectamente capacitado para llevar a cabo el trabajo las veces que haga falta. En tres cuartos de hora me daré cuenta de que soy el equivalente zamorano a María Antonieta jugando a los pastores.

De camino a la segunda viña, con la empanada de sardinas con tomate bajando noto las vértebras crujir. Una vez que me he enfriado, un dolor punzante aparece en los riñones. La parte trasera de los muslos empieza a pedir tregua. Llevo el equivalente a 200 sentadillas.

El segundo viñedo es aproximadamente la mitad de pequeño que el primero, pero cada vez que me agacho noto cada vértebra de la L1 a la L5. Después de 10 cepas empiezo a marearme cada vez que me agacho, y vendimiar es agacharse. Echo rodilla a la tierra y escucho las conversaciones detrás de mi.

-A mi si me ponía de rodillas para vendimiar mi padre me daba una colleja.

Vendimio mano a mano con Tino, uno de los vecinos, operado de la columna vertebral y pasada la edad de jubilación. Trabaja el doble de deprisa que yo y hace como que no se entera de que mis descansos son cada vez más frecuentes. En las últimas dos cepas casi no me levanto. Arrojo las uvas por encima la cabeza y calculo que dos de cada tres entran en la caja. Han sido más de 50 cajas, a 20 kilos de uva cada una. En litros… “habrá que ver, suficiente para todos”.

Vendimiadores El autor, mirando como otros vendimian

Han sido unas cinco horas de trabajo intensivo, algo más de medio jornal de trabajo. En Francia, destino tradicional de los vendimiadores aficionados españoles, se paga a 9,88 euros brutos la hora, 49,5 euros por el tiempo que he trabajado. En España depende de la provincia. En las que más, como Toledo, el jornal se paga a 59,19 la jornada de ocho horas, yo habría ganado 37 euros por las diez cajas de uvas (a 20 kg la caja) que habíamos recogido entre mi compañero y yo.

A la hora de subir las últimas a la furgoneta me hago el remolón. No me puedo creer que todavía queda la parte más dura, empiezo a barajar las excusas que quedarían creíbles: asma, una lesión cervical, dermatitis atópica… Queda raro cuando la mayor parte de los trabajadores son al menos 30 años mayores que yo. Al subir a la furgoneta notar el asiento en la espalda dudo que sea capaz de hacer nada más hoy y claudico:

-Yo voy a necesitar un descansito antes de ponerme a limpiar uvas.

Garci aguanta la broma solo dos minutos más. Las uvas, por supuesto, van directas a la máquina de pisado, sin necesidad de lavado. El alcohol se encargará de matar todo lo que no tuviera que estar allí, como siempre.

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