Cuando pensamos en la Costa Brava, casi siempre nos vienen a la cabeza los mismos nombres. Localidades célebres, muy fotografiadas, llenas de visitantes en cuanto suben las temperaturas. Son esos destinos que parecen concentrar toda la atención.
Sin embargo, la costa guarda todavía lugares más callados, menos repetidos, donde el Mediterráneo se muestra con una belleza más serena. Pueblos que no necesitan imponerse para dejar recuerdo. Y entre ellos, Cólera aparece como una de esas sorpresas discretas que terminan ganándose un sitio en la memoria.
Situado en el extremo norte del litoral gerundense, muy cerca de la frontera con Francia, este pequeño municipio del Alt Empordà vive entre dos mundos que aquí se entienden a la perfección. Por un lado, el mar abierto, luminoso, de reflejos turquesa y ritmo pausado.
Por otro, las laderas de la sierra de l’Albera, que se descuelgan hacia la costa dibujando un paisaje áspero y hermoso. Esa unión entre montaña y Mediterráneo define el carácter del lugar. Nada resulta artificial. Todo parece seguir su curso natural.
Llegar a Cólera es descubrir una Costa Brava menos exhibida y quizá por eso más auténtica. No hay aquí la agitación de otros enclaves mucho más famosos ni esa sensación de escenario pensado para el turismo.
Lo que se encuentra es un pueblo pequeño, de alma marinera, que invita a bajar el paso casi sin darse cuenta. Sus dimensiones juegan a favor. Se recorre con facilidad y se disfruta sin prisa. Basta caminar por sus calles, acercarse a la bahía y dejar que la vista se pierda en el horizonte para entender su encanto.
Uno de los grandes placeres del lugar es, precisamente, pasear. Seguir el frente marítimo, notar la proximidad del agua, detenerse en cualquier rincón y ver cómo la luz va cambiando sobre el mar. Hay una calma muy particular en ese borde costero. El sonido de las olas acompaña sin imponerse.
El aire huele a sal. A ratos, todo parece suspendido en una quietud amable. No hace falta mucho más. En Cólera, el atractivo no depende de grandes monumentos ni de escenas espectaculares. Está en los detalles. En la sencillez. En esa manera tan mediterránea de vivir hacia fuera.
Más allá del núcleo actual, el municipio guarda también huellas de otro tiempo. Entre ellas destaca Sant Miquel de Colera, una iglesia románica levantada entre los siglos XII y XIII en el entorno de la Albera. Su presencia, sobria y silenciosa, encaja muy bien con el espíritu del pueblo. No deslumbra. Sugiere.
Iglesia románica de Sant Miquel.
Rodeada de paisaje, parece formar parte de la tierra desde hace siglos. Visitarla es una manera distinta de acercarse a Cólera, no desde la orilla sino desde su historia más antigua, desde esa memoria de piedra que todavía resiste entre montes y caminos.
Ese paisaje interior ofrece, además, otra de las grandes experiencias de la zona. Cólera es un buen punto de partida para quienes disfrutan caminando. Los senderos que atraviesan la Albera permiten descubrir un territorio donde el azul del mar aparece y desaparece entre la vegetación y las pendientes.
A veces el camino se abre de golpe y regala una panorámica inmensa. Otras veces obliga a mirar cerca, a fijarse en la textura de las rocas, en el aroma del monte bajo, en la presencia callada de vestigios prehistóricos como dólmenes y menhires. También pasa por aquí el GR-92, uno de esos itinerarios que convierten el paseo en una sucesión de postales.
Claro que el mar sigue siendo el gran protagonista. Muy cerca del pueblo aparecen playas y calas que conservan una atmósfera tranquila, lejos del bullicio de otros tramos del litoral catalán. Garbet o las playas del Borró son buenos ejemplos de esa belleza sin estridencias.
Arena, roca, agua transparente y espacio para tumbarse sin sentir que todo está ocupado. En la playa del Borró de dins, con sus aguas poco profundas y su entorno despejado, el baño se vuelve largo y perezoso. Son lugares que invitan a pasar horas enteras entre chapuzones, snorkel, kayak o simplemente contemplación.
Finca Garbet.
Y luego está la mesa, que aquí completa la experiencia con una naturalidad perfecta. En un rincón como este, el pescado tiene un papel central. También los arroces, las anchoas, el atún y tantos sabores ligados al mar cercano. Al punto de que aquí, por ejemplo, se encuentra una de las fincas más espectaculares y singulares de todo el Empordà: Finca Garbet.
A las afueras de Cólera, como en un anfiteatro, Finca Garbet es una de las joyas de la corona de Bodegas Perelada, de donde obtienen uno de sus vinos más emblemáticos. Viendo el paisaje, evidentemente, se entiende la magia que luego hace el enólogo Delfí Sanahuja con un tinto del todo excepcional que representa como pocos la esencia de la Costa Brava.
Vino tinto Finca Garbet. DO Empordà.
A eso se suma el carácter de la cocina ampurdanesa, capaz de mezclar sencillez y profundidad con una elegancia sin esfuerzo. Comer frente al agua, después de una caminata o de una mañana de playa, tiene algo casi ceremonial. Todo sabe mejor cuando alrededor hay luz, brisa y horizonte.
Fotos | Visit Costa Brava, Empordà Turisme, @grupxiringuitoscolera.
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