Durante décadas, plantar árboles se ha considerado una de las mejores formas de restaurar un paisaje degradado. Sin embargo, una investigación realizada en los Alpes italianos demuestra que no todas las reforestaciones producen el mismo resultado. En algunos casos, aumentar el número de árboles puede ir acompañado de una importante pérdida de biodiversidad.
El trabajo, publicado en la revista científica Ecology y dirigido por el ecólogo Gianalberto Losapio, analizó las consecuencias de unas plantaciones de pícea o abeto rojo realizadas en el norte de Italia durante la década de 1930.
Reducir la erosión
El objetivo original era estabilizar las laderas, reducir la erosión y favorecer la producción de madera, pero casi noventa años después los investigadores han comprobado que aquella decisión tuvo un importante coste ecológico.
Para conocer su impacto, el equipo comparó tres tipos de hábitat en los Prealpes italianos, cerca del lago de Como: plantaciones de pícea, bosques caducifolios autóctonos y praderas alpinas tradicionales. Durante cinco meses identificaron 136 especies vegetales y 201 especies de artrópodos para medir cómo había evolucionado cada ecosistema.
Los resultados fueron contundentes. Las parcelas ocupadas por monocultivos de pícea presentaban una mediana de solo siete especies vegetales, frente a las 18,5 registradas en los bosques autóctonos y las 37 de los pastizales. En términos prácticos, las plantaciones habían perdido más de la mitad de su diversidad vegetal respecto a los bosques naturales.
Sin luz natural en el suelo
Según los investigadores, una de las principales causas está en la propia biología de la pícea. Al tratarse de una conífera perenne, mantiene una cubierta de hojas durante todo el año que impide que la luz llegue al suelo. Muchas plantas alpinas necesitan precisamente esa iluminación primaveral para florecer antes de que los árboles desarrollen su copa, una oportunidad que desaparece bajo este tipo de plantaciones.
El estudio también detectó cambios importantes en el suelo. La acumulación continuada de agujas de pícea modificó su composición química, ralentizando la descomposición de la materia orgánica y alterando el ciclo de nutrientes. Aunque el bosque seguía almacenando carbono, los científicos observaron una menor actividad biológica y un funcionamiento menos eficiente del ecosistema.
Más allá del número de especies, el trabajo concluye que el bosque también perdió diversidad funcional. Es decir, no solo había menos plantas, sino que desaparecieron parte de las funciones ecológicas que cada una desempeñaba dentro del sistema, haciendo el conjunto más vulnerable frente a enfermedades, plagas o cambios ambientales.
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que las plantaciones nunca llegaron a desarrollar un nuevo equilibrio natural. En lugar de aparecer especies adaptadas a este nuevo hábitat, los investigadores encontraron una versión mucho más empobrecida del ecosistema original, con menos especies y una red ecológica mucho más simple.
Los peligros del monocultivo
Los autores advierten además de que este caso no es únicamente un episodio histórico. Buena parte de los actuales programas internacionales de reforestación siguen apostando por plantaciones de una única especie debido a su rapidez y bajo coste. Según recuerdan en el estudio, aproximadamente la mitad de las superficies comprometidas para restauración forestal en todo el mundo corresponden a monocultivos, una estrategia que puede aumentar el número de árboles sin recuperar la complejidad biológica de un bosque natural.
La principal conclusión de la investigación es que restaurar un ecosistema no consiste únicamente en plantar árboles. La elección de las especies y la conservación de la diversidad vegetal resultan determinantes para que un bosque pueda seguir desempeñando todas sus funciones ecológicas a largo plazo.
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