Cuando uno es pequeño cree a pies juntillas lo que le dice prácticamente cualquier persona que tenga autoridad sobre ella e, incluso, simplemente por una cuestión de edad. Especialmente cuanto más apego familiar haya, como sucede con las abuelas, las cuales siempre han procurado evitarnos todo mal y cualquier tipo de contratiempo.
Al punto de que, lógicamente, la mejor forma en muchos casos para desalentarnos a hacer cosas prohibidas era alertar del riesgo que esto suponía. Algo que, si juntas la palabra venenoso o tóxico, gana enteros y propiciaría que ningún crío de siete años se dedicase a probar plantas que la abuela ha dicho: "No te lo comas, que es venenoso".
Lógico, evidentemente. Uno, cuando es pequeño, no está tan zumbado como para ir probando cosas venenosas que tu abuela, con toda su buena fe, te ha dicho que lo eran. Pero luego resulta que creces y te das cuenta de más cosas y que no siempre tu abuela tenía razón o que, cuanto menos, su teoría de lo tóxico y venenoso hacía ciertas aguas.
Sobre todo cuando te planteas por qué querría el ayuntamiento de tu ciudad envenenar a miles de niños, algo en lo que no reparas cuando tienes siete años, pero cuando ya creces y das una vuelta por prácticamente cualquier parque o jardín, compruebas que tenía ciertas lagunas.
Un ejemplar de Pyracantha coccinea.
¿Por qué pondría el ayuntamiento a la altura de un niño de siete años unas pequeñas y rojas frutillas en un arbusto que fueran tóxicas? Evidentemente, no tiene sentido ni ningún alcalde querría, salvo Herodes, tener ese cargo de conciencia de envenenar a generaciones enteras de chavalillos que estirasen la mano hacia el espino de fuego, nombre común de la especie Pyracantha coccinea, y que seguro que has visto en decenas de parques.
Lo que es cierto es que esta especie, fuertemente implantada como ornamental en un sinfín de lugares, no es venenosa. O no es mortal. Tampoco tóxica, como te habrían hecho creer en tu tierna infancia, pero evidentemente, comértela no te iba a sentar bien.
Cuando decimos que no es venenosa es que su simple ingesta no va a suponer ir corriendo a urgencias. Si te comes unas cuantas, Dios sabe por qué, es posible que te lleves un buen malestar gastrointestinal y una consecuente gastroenteritis, pero no son tan tóxicas como te habrían dicho en casa.
No te estamos diciendo que las pruebes, ni que se las dejes comer a tu hijo, pues tienen una baja concentración cianoglucósidos (cianuro de hidrógeno), que, consumido en grandes dosis, es potencialmente letal…
Pero hablamos de grandes dosis que no tiene sentido consumir por, principalmente, porque estas frutillas no saben a nada o prácticamente nada y, de hecho, son bastante astringentes, por lo que su sabor tiende a ser desagradable, similar a cuando pruebas la piel de un caqui inmaduro o un membrillo en crudo, por lo que son bastante poco atractivas al paladar. De hecho, en algunos países, se usa para hacer compotas y mermeladas, en las que se pierde la mayor parte de su toxicidad.
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