El calabacín presume con soltura de ser, seguramente, la hortaliza que mejor fríe y más juego nos puede dar cuando la rebozamos. Un hito que no nos viene nada mal en verano, cuando damos salida a esta humilde cucurbitácea que, en ocasiones, tenemos muy al alcance de la mano.
Salir de la crema de calabacín y de las ensaladas es más fácil de lo que creéis, igual que utilizarlos para dar salida a este aperitivo un poquito gocho, pero que nos vais a aplaudir, donde vamos a poner en la misma ecuación al calabacín, a una buena longaniza de Huesca y a un poco de queso idiazábal.
Si no tenéis longaniza de Huesca no pasa nada, vale absolutamente cualquier longaniza curada que tengáis por casa –también un fuet o un salchichón–. Y si no tenéis Idiazábal ahumado, tampoco pasa nada.
Con que utilicéis cualquier otro queso de oveja que sea un poco maleable, que funda correctamente y que no sea demasiado curado, perfecto. También valen otros quesos que no sean de oveja, pero aquí agradecemos ese plus de intensidad que dan.
A partir de ahí, se acabó la lista de la compra. Pelamos los calabacines y los cortamos en rodajas de unos 7 milímetros y los freímos por tandas hasta que queden dorados. Los escurrís en papel absorbente, salpimentáis un poco y reserváis.
Aparte, preparamos nuestro rebozado con dos boles: huevo batido y harina de trigo. Y tras esto, cortamos la longaniza en rodajas finas, igual que el queso, procurando que sean rodajas más pequeñas que las del calabacín, porque luego vamos a hacer una suerte de montaditos.
Cuando ya están todos los ingredientes a mano, montamos cada bocado. Calabacín, longaniza, queso, otra de calabacín… y así pasamos por huevo, harina y freímos en aceite bien caliente hasta que estén dorados por ambos lados. Sacamos de la sartén, escurrimos, comemos caliente y gozamos en compañía.
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