La carne cultivada no había salido del laboratorio, pero un nuevo hallazgo abre su camino a la mesa. Y todo es gracias a la cerveza

Descubierto por la Universidad de Londres, este hallazgo técnico promete tener un impacto positivo en la reducción de la huella de carbono global 

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Inés Vazquez Noya

Editor

Un avance científico reciente ha puesto en el punto de mira nuevamente a la carne cultivada, resolviendo los desafíos de coste y escalabilidad. Investigadores de la University College de Londres (UCL) han descubierto cómo transformar la levadura sobrante de la cerveza en "partes" comestibles para cultivar células animales.

Tradicionalmente, cultivar células animales en laboratorio dependía de insumos extremadamente caros y complejos (lo que hacía que, ni siquiera fuera mejor para el medio ambiente); sin embargo, los científicos han logrado transformar los subproductos de la industria cervecera en un extracto rico en nutrientes. 

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Este proceso no solo aprovecha los residuos de una industria existente bajo un modelo de economía circular, sino que proporciona los aminoácidos y vitaminas necesarios para que las células crezcan a un menor precio. 

Este hallazgo es trascendental porque reduce drásticamente los costes de producción y, al mismo tiempo, plantea una rápida transición hacia un modelo donde la pain-free meat, es decir una pieza de carne sin dolor, ya no es una utopía, sino la revolución tecnológica con el potencial de cambiar el destino de los animales.

Con esta pieza del rompecabezas resuelta, la industria está en condiciones de competir con el sistema ganadero tradicional, el cual se enfrenta hoy a una crisis climática insostenible: producir carne de vacuno consume grandes extensiones de tierra, agota las reservas de agua y es responsable de una parte significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero.

A diferencia de una hamburguesa vegetal, la carne de base celular es biológicamente idéntica a la carne animal, pero producida en entornos controlados. Gracias a innovaciones como la de UCL, el cultivo en biorreactores permite eliminar la necesidad de pastizales y cultivos. Las cifras son contundentes: esta tecnología podría reducir el uso de la tierra en hasta un 90% y el consumo de agua entre un 70% y 80%. Además, al evitar la fermentación entérica de los animales, se eliminan las emisiones de metano, uno de los gases más potentes en el calentamiento global.

Empresas pioneras como Upside Foods, GOOD Meat y Aleph Farms ya lideran la carrera por escalar esta tecnología. Singapur, por ejemplo, ya ha aprobado su venta comercial, mientras que regiones como Estados Unidos y Europa aceleran sus marcos regulatorios. El diseño de biorreactores de alto rendimiento promete llevar este producto a las masas.

Sin embargo, el camino hacia el consumo masivo aún enfrenta desafíos de inversión. Al igual que ocurrió con las alternativas vegetales, donde la crítica hacia Beyond Meat por sus elevados precios puso en debate el coste real de la transición hacia una alimentación basada en plantas, la carne cultivada debe demostrar su rentabilidad. En España, el paralelismo más claro lo vemos con Heura por ejemplo. La marca tiene una gran participación en el mercado, como un modelo de activismo local y compensa el precio diferencial con una narrativa de salud, al utilizar aceite de oliva en lugar de aceites saturados de palma o coco.

No obstante, para que cada gramo de proteína sea verdaderamente "limpio", será fundamental la paridad de precios real y la integración de fuentes de energía renovables en estos procesos industriales de alta precisión.

Sobre la cuestión de su viabilidad para los veganos, es necesario mencionar que, aunque biológicamente es carne animal, éticamente rompe el paradigma de la explotación. Aunque en su origen se utilice una célula animal, dado que la biopsia se realiza de forma mínima y el animal permanece vivo y sano, el argumento es preciso: se evita el nacimiento, encierro y sacrificio de otros seres. Por ello, la carne cultivada no sería estrictamente vegana bajo la definición tradicional, pero sí una alternativa ética.

En definitiva, no estamos solo ante un nuevo producto alimenticio, sino ante un cambio de paradigma impulsado por la ciencia. La proyección de alimentar a la población mundial a través de un proceso sostenible, ético y tecnológicamente avanzado es, hoy, la propuesta más potente para garantizar la seguridad alimentaria sin comprometer el futuro del planeta.

Imagen | freepik 

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