Hoy es uno de los grandes atractivos de Florencia, pero su aspecto actual implico una polémica remodelación que expulsó a sus antiguos comerciantes

A su paso por el Ponte Vecchio, el Corredor Vasariano disimula su trayecto

Corredor Vasariano
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Jaime de las Heras

Editor Senior
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Jaime de las Heras

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Que los poderosos prefieran no rozarse con quienes mandan no es precisamente una novedad. Durante siglos, la vida en Europa estuvo organizada en torno a un principio muy claro: cada cual en su sitio, y los estamentos bien separados. La nobleza no se mezclaba con el pueblo, ni el pueblo esperaba que lo hiciera. Era el orden natural de las cosas, o al menos eso se decía. Y si había que construir algo para que ese orden se mantuviera, se construía.

Italia es un destino extraordinario para explorar este tipo de historia. Un país que combina arte, arquitectura y poder de una forma difícilmente igualable. Si a eso se le añade el gusto por el detalle histórico, los viajes se convierten en algo más que turismo. Roma permite visitar los foros imperiales y entender cómo se organizaba el poder en la Antigüedad. 

Venecia tiene el Palacio Ducal, donde los gobernantes se reunían lejos de los ojos del pueblo. Milán conserva la fortaleza del Castello Sforzesco, levantada también por una familia que sabía muy bien lo que era gobernar con mano firme. Y luego está Florencia.

Florencia es una de las ciudades más bellas del mundo. También una de las más visitadas de Italia, y con razones más que suficientes para ello. La capital de la Toscana acumula una cantidad de arte, historia y arquitectura que desafía cualquier expectativa. Pero hay un elemento concreto que no suele faltar en ninguna guía y que, sin embargo, pocos conocen bien: el Corredor Vasariano.

La historia empieza en 1565. Cosme I de Médici, gran duque de Florencia y hombre de poder en el sentido más completo de la palabra, tomó una decisión que dice mucho de su carácter

Necesitaba desplazarse entre su residencia oficial, el Palacio Pitti, y los Uffizi, donde se concentraba la administración del ducado. El problema era que ese trayecto implicaba caminar por las calles de Florencia, mezclarse con la gente, quedar expuesto. Para Cosme, eso no era una opción.

La solución fue encargar al arquitecto Giorgio Vasari —el mismo que escribió las famosas Vidas de los artistas— un pasillo elevado que uniera ambos edificios sin necesidad de bajar a la calle. De ahí su nombre en italiano: Corridoio Vasariano.

Palazzo Vecchio El Palazzo Vecchio era la residencia de Cosme I, desde donde partía el Corredor Vasariano. ©Città di Firenze Cultura.

El resultado fue el Corredor Vasariano, una estructura de casi un kilómetro de longitud que cruza el centro histórico de Florencia a una altura que deja a la ciudad abajo, literalmente. El duque podía moverse por encima del mundo sin que nadie lo viera, sin que nadie lo importunara, sin que nadie pudiera acercarse a él.

Lo más llamativo de todo es que el corredor pasa por encima del Ponte Vecchio, el puente más célebre de Florencia, ese que asoma sobre el Arno y que aparece en miles de fotos cada año. Aquí llega uno de los detalles más curiosos: en el puente había carniceros

Mgelormino Wikicommons Iglesia de Santa Felicita desde el Corredor de Vasari. ©Mgelormino/ WikiCommons

Tenían sus puestos allí desde hacía tiempo, vendiendo carne y dejando los olores propios del oficio flotando en el ambiente. Cosme I no estaba dispuesto a atravesar ese tramo con semejante bienvenida olfativa. Así que los expulsó. Y en su lugar instaló a los orfebres de la ciudad, cuyos productos resultaban considerablemente más agradables para un duque en tránsito.

Palazzo Pitti El Palazzo Pitti era la sede administrativa de Florencia y hacia donde se desplazaba Cosme I desde sus aposentos privados.

El Corredor Vasariano tiene alrededor de 760 metros de longitud y conecta el Palazzo Vecchio, los Uffizi, el Ponte Vecchio y el Palazzo Pitti en un único recorrido continuo

Durante siglos fue de uso exclusivo de los Médici y sus invitados. Con el tiempo pasó a albergar una colección de autorretratos de artistas de primer nivel, entre ellos Rubens, Velázquez o Rafael, aunque su acceso ha sido intermitente a lo largo de los años por cuestiones de restauración.

Lo que resulta fascinante es que un capricho aristocrático, una obra concebida para que un hombre no tuviera que bajar a la calle, se haya convertido en uno de los grandes tesoros de Florencia. La ciudad está llena de ese tipo de paradojas, de lugares donde la historia y el poder dejaron una huella que hoy admiramos sin saber muy bien qué admirar exactamente: ¿el arte, la arquitectura, o el descaro de quien la mandó construir?

Imágenes | Città di Firenze Cultura / Mgelormino/ WikiCommons / Galleria degli Uffizzi

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