No está en Rio de Janeiro, está en una de las zonas más bonitas y desconocidas de Italia: así es el Cristo Redentor de Maratea

Entre sinuosas curvas destaca uno de los monumentos más singulares de la provincia de Potenza

Cristo Maratea
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Jaime de las Heras

Editor Senior
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Jaime de las Heras

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A menudo, cuando alguien repara en estatuas de Cristo redentor, la cabeza viaja directa a Río de Janeiro. Aparece la gran panorámica de la bahía y, arriba, Cristo del Corcovado domina la ciudad. Esa imagen es la más famosa y también la más icónica, pero no es la única del mundo. 

España, sin ir más lejos, tiene ejemplos propios. Cerca de Madrid destaca el monumento del Cerro de los Ángeles, en Getafe, y mucha gente ni lo ubica. Esta vez, sin embargo, no toca Brasil ni toca Getafe. El plan salta a Italia y apunta a Maratea, en la provincia de Potenza, dentro de Basilicata, al sur del país de la bota, una región menos conocida que Calabria o Puglia, pero llena de sorpresas.

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Maratea pone el punto costero en una región más asociada al interior. El municipio mira al mar Tirreno y acumula calas, acantilados y pequeñas playas en pocos kilómetros. Sobre el conjunto se alza Monte San Biagio, una elevación que sirve de terraza natural. Allí, en lo alto, aparece el Cristo Redentor de Maratea, blanco y gigantesco, con los brazos abiertos hacia el horizonte. Desde abajo ya impresiona. Desde arriba, directamente corta la respiración.

La historia del Cristo Redentor de Maratea

La estatua se construyó entre 1963 y 1965. Bruno Innocenti realizó la obra con el impulso del conde Stefano Rivetti di Val Cervo. La figura mide algo más de 21 metros de altura y roza los 19 metros de envergadura. El acabado mezcla cemento con fragmentos de mármol, y por eso refleja tanta luz en días despejados. El resultado no copia a Corcovado. Rostro y proporciones tienen personalidad propia, y esa diferencia se nota en fotos.

Llegar hasta el Cristo es sencillo si ya estás en Maratea. Una carretera sube hacia la zona de la basílica de San Biagio, muy cerca de la cima. Desde el aparcamiento, el tramo final se hace a pie por un recorrido corto, con rampas y algunos escalones. 

En verano conviene ir con margen, porque pueden aplicarse restricciones de tráfico en horas punta. En esas jornadas suele funcionar una lanzadera desde zonas más bajas. Agua, gorra y calzado cómodo solucionan el resto, sobre todo con sol fuerte.

Una vez arriba, la visita no se reduce a la estatua. La basílica de San Biagio aporta un paréntesis tranquilo y un punto histórico y los restos del Castello de Maratea, el núcleo antiguo fortificado, completan el paseo con una lectura del terreno. Miradores muestran la costa como un mapa real, con entrantes, puntas rocosas y un mar que cambia de tono cada hora. Luz del amanecer suaviza el blanco del monumento. Al atardecer, sombras marcan volúmenes y el Tirreno se tiñe de dorado.

Para exprimir el día, lo ideal es bajar después hacia el mar. El puerto de Maratea funciona como centro práctico para comer, pasear y embarcar. Allí, un paseo en barco permite entender el perfil recortado de la costa y descubrir calas inaccesibles por carretera. 

Frente a la línea litoral asoma el islote de Santo Janni, muy fotogénico y fácil de identificar. En tierra, algunas playas ofrecen acceso cómodo y ambiente familiar. Otras piden más paciencia, pero regalan agua transparente y silencio.

Imágenes | Oksana Panova en iStock

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