Crónicas del otro lado: la soledad

Me gusta trabajar en nochevieja porque la gente está predispuesta a pasarlo bien, es de esos días de buen rollo y la sensación que suele quedar al personal tras el servicio es de completa satisfacción.
Este año, quizás la anécdota más reseñable fue la de un cliente que a las doce menos dos minutos (si, dos minutos antes de que sonaran las campanadas) abandonó el salón de la cena para encaminarse hasta la barra del bar donde estaba todo el personal de servicio a la espera de comer las tradicionales uvas para que le sirviéramos un cacharro. Ante la negativa de servirle antes de las campanadas el cliente optó por quedarse con nosotros como uno más, comió con nosotros las uvas y brindó con nosotros, y después sí le servimos el bacardí con coca cola que con tanta insistencia nos solicitaba en un momento tan delicado.
Todo parecía divertido y simpático hasta que descubrí la resignada soledad de aquella mujer que, sentada en la mesa, recibía completamente sola el nuevo año sin ningún tipo de entusiasmo, sin ningún tipo de emoción, mientras su pareja compartía bromas y alegrías en el bar con el personal de servicio. Aquella explosión de alegría alrededor de ella contrastaba con la falta de sentimiento de la mujer. No creo haber visto nunca una situación que reflejara de mejor manera la soledad.




Tal vez hay quien todavía no sabe donde celebrará la cena de Nochevieja y es posible que a estas alturas no encuentre sitio en los restaurantes que no cierran para esta festividad. Lo que está claro es que tendrán que rascarse el bolsillo, pues el trabajo una noche de fiesta se paga y la calidad también.