Una cerveza con aceite de oliva suena, de entrada, a producto imposible. O, como mínimo, a ocurrencia de feria gastronómica. Pero ClemenBeer no nace exactamente como una broma, sino como un experimento muy consciente: llevar el AOVE a un terreno donde casi nadie lo espera.
El proyecto lo firma Aceites Clemen, una empresa extremeña de Puebla de Sancho Pérez, en Badajoz, que ha querido utilizar su aceite para desarrollar algo distinto. No una botella gourmet más, ni un aliño aromatizado, ni un producto de consumo masivo. Una cerveza.
Una cerveza difícil de clasificar
La idea, según nos explica José Fernández, no fue sencilla de ejecutar: "antes de llegar a la versión final hubo varias pruebas, incluida una con aceituna directamente, que no terminó de funcionar". Al final, la elaboración se ha desarrollado junto a Castreña Brewing, cervecera artesana ubicada en la provincia de León, hasta dar con una receta que incorpora AOVE de aceituna manzanilla. Es la versión 3.0.
ClemenBeer se presenta en formato lata de 44 cl y se vende en la web de Aceites Clemen por cuatro euros con veinte. No es una cerveza barata si se compara con una lager convencional, pero tampoco pretende competir en ese espacio. Su terreno es otro: el de los productos curiosos, limitados y difíciles de clasificar.
La espuma de la ClemenBeer desaparece pronto. Foto: Jesús León.
¿Sabe a aceite? ¿Está buena?
La primera sorpresa llega al servirla. Conviene hacerlo con cierta distancia, como nos sugieren, para que forme espuma, aunque esa espuma no se mantiene demasiado tiempo. Visualmente parece una cerveza rubia, tipo lager, ligeramente turbia, con un aspecto bastante reconocible. Nada en la copa anticipa de forma clara que dentro hay aceite de oliva.
En nariz sucede algo parecido. No aparece un aroma evidente a aceite, ni a aceituna. El perfil aromático es bastante discreto, más cercano a una cerveza suave que a un producto marcado por el AOVE.
El cambio llega en boca. La entrada es suave, pero enseguida aparece un amargor fuerte, muy característico, que marca la personalidad de la cerveza. No es un amargor tímido ni puramente cervecero. Tiene algo más vegetal, más seco, más persistente. Ahí es donde probablemente se percibe mejor la aportación del aceite, no tanto como sabor graso o textura aceitosa, sino como una sensación amarga y herbácea que atraviesa la bebida.
El primer sorbo sorprende. Incluso puede resultar algo duro si no se está acostumbrado a sabores amargos. Sin embargo, en el segundo y tercer trago la percepción cambia ligeramente. El amargor sigue ahí, pero se integra mejor. La cerveza parece ganar algo de cuerpo y se vuelve más amable, sin perder ese carácter peculiar que la define.
Sus ingredientes son los habituales en una cerveza artesanal. Menos por la presencia del AOVE. Foto: Jesús León.
No es para todos los públicos
No es una cerveza para todos los públicos. Y quizá esa sea su mayor honestidad. No intenta gustar como una lager ligera de terraza ni como una artesana muy aromática pensada para seducir desde el primer trago. Es una cerveza extraña, con una idea clara detrás y un resultado que divide. Funcionará mejor con quienes disfruten los sabores amargos, herbáceos y secos. Quien busque una cerveza fácil, dulce o refrescante sin complicaciones probablemente no la entienda.
La pregunta, en realidad, no es si ClemenBeer sustituye a una cerveza convencional. No lo hace. La pregunta es si tiene sentido una cerveza con aceite de oliva. Y la respuesta es más interesante: sí, como experimento gastronómico y como forma de contar una marca desde otro lugar.
Aceites Clemen reconoce que no espera hacerse rica con este producto ni vender grandes volúmenes. Lo plantea más bien como una carta de presentación: una manera de mostrar inquietud, diferenciarse y llevar el AOVE a un territorio inesperado.
ClemenBeer no sabe a cerveza con aceite, al menos no en el sentido literal que uno imagina antes de probarla. Sabe a una cerveza rubia suave atravesada por un amargor muy particular. Una rareza. Mejor o peor según el paladar, pero desde luego distinta.
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