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Las comidas veraniegas de mi infancia. La ensalada mixta

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Después de desahogarme de mis tristes desencuentros con la sandía, ya me encuentro mucho mejor, con los nervios calmados y dispuesta a rendir homenaje a un plato veraniego por excelencia, alma máter de toda carta de menú del día que se precie: la ensalada mixta, la madre de todas las ensaladas. Y por lo que se ve, es una madre fecunda, pues ensaladas hay tantas como sobras en el frigorífico y hojas verdes envasadas en el mundo del Señor.

De todos es sabido que las modelos comemos mucha ensalada. En realidad solo mordisqueamos las hojitas de lechuga, igual que mi difunta canaria Pili, pero cuando firmamos un contrato con una marca, siempre hay una cláusula en la que nos obligan a declarar que somos así de espigadas gracias a la ensalada; bueno, y a beber dos litros de agua. ¿Que no me creen? No me han visto ustedes en persona.

Dejando las pasarelas, a ver si consigo centrarme en este plato tan popular que resulta todo un comodín y casi siempre un seguro de vida, ya que admite pocas variaciones, con lo cual ante una carta de esas realmente enrevesadas, esas que los cocineros redactan en clave para ocultar reciclajes diversos, al ver que hay ensalada mixta nos aferramos a ella sabiendo que pase lo que pase al menos comeremos lechuga, tomate, huevo duro, cebolla y unas olivillas. Si es el día del espectador, quizá también un poco de atún en aceite y un espárrago.

La ensalada mixta de mi madre

No sé si alguna vez les he dicho que mi madre es una excelente cocinera, de esas que hacen comida limpia y clara, con sabor y color, siempre en su punto. La ensalada mixta no podía ser menos, y en su caso, se eleva a categoría celestial. ¿Las razones? La selección de los productos y el mimo que les aplica hasta ponerlos todos juntos en el plato. En su casa no se come otra ensalada que no sea mixta, y cuando le planteamos hacer algo diferente nos mira con cara de espanto mientras dice: uy, eso vosotros, que esas cosas modernas yo no sé hacerlas.

Cuando era niña pensaba que hacer una ensalada mixta era lo más laborioso y complicado del mundo. Durante toda la mañana se iban sucediendo en la cocina diferentes etapas. Del carro de la compra salía casi andando una tierna lechuga recién comprada en el mercado, por supuesto a una cashera que la había recogido esa madrugada de su huerta. Las hojas, ya separadas y seleccionadas, reposaban un tiempo en el fregadero, limpio como para hacer una autopsia, y lleno de agua fresca. Un par de aguas más y un secado manual que no tenía desperdicio y ya teníamos por dónde empezar.

By onnoth en Flickr

Del centrifugado se encargaba mi padre, un tipo de una envergadura física importante, que introducía las hojas escurridas en una huevera de red metálica y se encaminaba a la terraza donde, con el cestillo firmemente agarrado por las asas, comenzaba a emular al Discóbolo de Mirón, describiendo potentes círculos en el aire.

Esta operación hacía que mi padre se sintiera muy importante los veranos, cuando estaba de vacaciones y la ensalada era una constante. Si se le hubiera soltado el cacharro, podrían haber comido lechuga gipuzkoana fresca y seca en Nueva York. Ya teníamos la lechuga lista y a papá con el supraespinoso entrenado.

De vuelta a la cocina, nos esperaban unos tomates también recién llegados del mercado, frescos y grandes, con vetas verdosas y sabor a tomate. Un religioso corte en gajos los devolvía a un platillo en el que descansaban mientras los huevos entraban en acción dentro de una coreografía bien medida.

Siempre he pensado que mi madre cuece los huevos en agua bendita. Ni duros ni blandos, tiernos y en su punto, siempre deseaba que algún desaborío los dejara la borde del plato para comérmelos yo. Pecados de infancia de supermodelo. Siempre en cuartos, nunca en rodajas, tomaban asiento en la sala de espera junto a los tomates.

Y ya solo quedaban las aceitunas, verdes y negras, de tres en tres para que nadie se peleara y la cebolla en rodajas. Y el bonito, embotado meses atrás por las manos celestiales de mi madre. La ceremonia del emplatado, perfectamente simétrico y rematado por un espárrago gigante (navarro como mi madre), llevaba a la mesa platos clónicos en los que las olivas no se atrevían a dar un paso al frente. Una vez allí llegaba lo peor, pues en aquellos tiempos el tema del aceite estaba complicado, y las autoridades sanitarias se dedicaban a confundir al personal soltando pestes sobre el aceite de oliva. Del virgen extra no había ni rastro. No se puede tener todo.

Imágenes vía | By onnoth en Flickr, Scaredy_kat en Flickr En Directo al Paladar | Las comidas veraniegas de mi infancia. La sandía

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