¿A quién no le ha pasado? Aparece el deseo de una pizza, pero el reloj ya marca las ocho de la tarde y la idea de activar levaduras, amasar y esperar horas a que la masa leve parece una misión imposible. Para esos momentos, recurro a las "falsas pizzas", siendo la pizza con masa de calabacín mi principal aliada.
Además de ser una opción sin gluten, es una solución inmediata que elimina el tiempo de espera sin renunciar al placer de comer con las manos. El secreto está en la humedad: el mayor miedo al enfrentarse a una masa vegetal es obtener un puré imposible de despegar del molde. Por eso, el truco para que esta base tenga estructura y se mantenga firme es el drenaje. Al rallar el calabacín, es vital espolvorearlo con una pizca de sal y dejarlo reposar para que suelte su agua natural. Y después estrujarlo con un paño de cocina limpio hasta que quede casi seco.
Este proceso es lo que garantiza que, al mezclarse con la harina de garbanzo, la base quede compacta, crujiente y capaz de sostener todo el queso y el tomate que le eches encima.
Otro punto a favor de la masa de calabacín es su sabor neutro y esto resalta los toppings que elijamos. A diferencia de la pizza con base de coliflor, que tiene un aroma más invasivo, el calabacín se mimetiza con las especias. Ya sea un toque de orégano seco y ajo en polvo directamente a la masa antes de hornear. En cuanto a los ingredientes finales, todo le queda bien: desde unos restos de pimientos asados con olivas negras y rúcula fresca, hasta la clásica combinación de queso y cebolla.
En DAP | Cinco alternativas de masa de pizza para sorprender con algo distinto
En DAP | Pizza vegetariana casera