Los cascos históricos de las ciudades turísticas han ido, poco a poco, perdiendo buena parte de su identidad. El flujo de turistas llegados de todas partes ha hecho que buena parte del comercio de estas zonas se haya ido adaptando, de tal modo que los pequeños establecimientos han ido cediendo su espacio a franquicias, tiendas de recuerdos y grandes cadenas internacionales.
Esta tendencia globalizadora afecta también a la oferta gastronómica. Las calles de esos barrios, hasta hace poco llenas de tabernas, casas de comidas tradicionales y pequeñas tiendas que vendían dulces y especialidades locales van siendo ocupadas por franquicias de ramen, hamburguesas o pollo frito, de tal forma que, independientemente de la ciudad o de la zona geográfica en la que esta se encuentre, lo que el cliente que callejea por ella se encuentra tiende cada vez a parecerse más.
Pollo al ajillo y sidra en la barra del Ovetense
En casi todos estos cascos viejos, sin embargo, hay lugares que resisten, que mantienen viva la oferta de toda la vida, a la que generaciones de sus conciudadanos estaban acostumbradas. Y, con ello, mantienen la personalidad gastronómica de la ciudad que, por lo demás, se ha ido viendo relegada cada vez a zonas más periféricas. Es el caso de lugares como Blanco Cerrillo en Sevilla, Taberna La Manzanilla en Cádiz, O Gato Negro en Santiago de Compostela, el Valencia de Salamanca, La Bombilla en A Coruña y tantos otros.
En Oviedo ese lugar se llama El Ovetense y se encuentra en la calle de San Juan, apenas a 50 metros de la plaza de la catedral. Aquí, en el bajo de un hotel sencillo, estratégicamente situado entre iconos de la ciudad como el Teatro Campoamor, la histórica pastelería Camilo de Blas, el Museo de Bellas Artes de Asturias y la catedral, dos ventanales que no llaman especialmente y unas mesas en la calle anuncian uno de esos sitios discretos que, si uno no va sobre aviso, pueden pasar desapercibidos con facilidad.
Jamón asado al estilo Serafín
Sin embargo, El Ovetense lleva ahí más de 6 décadas, desde que en 1959 se hizo con él Serafín García. Desde entonces, el local ha cambiado. La que era una construcción de una única planta alberga hoy un hotel en cuyo bajo está la sidrería, pero por lo demás, lo esencial sigue igual que todos estos años, en manos ya de la segunda generación de la misma familia.
La terraza es apetecible y, a poco que el tiempo ayude -que este es algo que en Oviedo hay que tener siempre en cuenta- suele llenarse. Dentro, a nivel de calle, está ese espacio que no deberías perderte, la sidrería que está presidida por una gran barra alta, de las de siempre, y que mantiene ese ambiente de bar de barrio, de bullicio, de lugar de ir a ver el partido mientras se come algo, que tan poco abunda ya en las zonas céntricas.
El ambiente es animado, el local está siempre lleno y el servicio, ágil, se mueve entre las mesas repartiendo raciones con rapidez y escanciando sidra aquí y allá. Porque aquí se viene a eso: a comer sin pretensiones, a probar clásicos de la casa y de la cocina asturiana y a tomar sidra.
Si llegas para una visita rápida y tienes suerte, quizás consigas hacerte un hueco en la barra. Así, mientras disfrutas de tu consumición, puedes asistir al ir y venir incansable de platos y comandas. Si lo que buscas es comer con más calma, probar más cosas o vienes en grupo, tu sitio está en las mesas.
Sea cual sea tu lugar, una vez instalado llega la parte complicada. Porque la carta del Ovetense es de esas que te hace querer pedir demasiado. Las raciones son generosas, así que si vas solo o en pareja te vas a quedar con la sensación de que querrías haber probado más especialidades -aunque para eso hay un remedio: volver otro día-, pero si sois más, eso permite bucear en la propuesta, explorando sus clásicos y dejándose llevar por la curiosidad.
En cualquier caso, hay dos especialidades que no deberías dejar de probar: el jamón asado y el pollo. El primero, que mucha gente conoce como jamón asado al estilo Serafín, es tierno, suave, con una salsa que te va a poner difícil parar de mojar pan. Pero si el jamón asado es bueno, el pollo al ajillo es, probablemente, la seña de identidad más reconocible de la casa. Y lo es con razón. A los pocos minutos de pedirlo llega a la mesa una ración imponente de pollo troceado, bien dorado en la sartén, servido sobre un lecho de patatas fritas y rematado con una dosis generosa de ese ajillo marca de la casa que te hace estar pensando en cuándo vas a volver para pedir otra ración en cuanto te metes la primera porción en la boca.
El pollo al ajillo del Ovetense es la combinación justa de tradición e informalidad, de sabores potentes y de disfrute. Y acompañado de la sidra de la casa se convierte en la combinación perfecta, en uno de esos bocados que sólo pueden darse en esta ciudad.
Luego, en función de las ganas y del número de comensales, puedes seguir explorando. El hígado encebollado, por ejemplo, es otro de los clásicos de la casa que no pasan de moda. Como lo son el solomillo de ternera con pimientos, la carne gobernada -una de las recetas clásicas de la ciudad- los fritos de merluza o el chosco de Tineo, un embutido tradicional de las montañas del suroeste asturiano.
Si quieres algo más informal, las patatas al Cabrales, los mejillones en salsa marinera, los quesos asturianos o el chorizo a la sidra están ahí, para hacerte dudar. Y si el día está fresco, una ración de fabada, de pote asturiano o de sopa de cocido son siempre una buena opción. Incluso, en temporada, puedes explorar los fuera de carta: los oricios -erizos de mar- en invierno, las parrochinas -sardinillas- en verano… Sea lo que sea lo que te apetece, estés pensando en un tapeo rápido en la terraza o en una cena con todas las de la ley, El Ovetense tiene una alternativa para ti al más puro estilo de la ciudad.
En invierno, los oricios son una buena opción.
El servicio, como decía más arriba, es ágil. Nada se prolonga, en el Ovetense, más de lo necesario. Están siempre ahí para servirte otro culín de sidra, recomendarte una ración más o para ofrecer un postre. Nunca tienes, como ocurre en ocasiones en otros lugares, la sensación de que no te están atendiendo. Desde el momento en el que preguntas por una mesa hasta el instante en el que llega la cuenta, todo funciona al ritmo que esperas en un local de este estilo, en el que el ir y venir de clientela es permanente.
El Ovetense no es el restaurante más cómodo de la ciudad, tampoco es el que hace una cocina más refinada. Porque una sidrería no es eso. Una sidrería es jaleo, ambiente animado, platos sabrosos, raciones abundantes y buenos precios. Y de eso hay de sobra en esta casa histórica que tiene el mérito de resistir y de defender una oferta clásica en una parte de la ciudad que empieza a estar dominada por una oferta globalizada, de corte internacional y público objetivo turístico -desde la franquicia de comida japonesa a la de cocina más o menos italiana que aquí están a la vuelta de la esquina- que difumina su identidad.
Lugares como este, sencillos, de diario, de público que vuelve con frecuencia y esencia local son los que mantienen viva la identidad gastronómica de la ciudad. Por eso vale la pena tenerlos localizados, llevarlos apuntados y no dejar de visitarlos cuando se esté por la zona.
Bar Restaurante Ovetense
- Dónde: Hotel Ovetense. Calle de San Juan, 6. Oviedo
- Precio medio: 20-30€
- Horarios: cierra lunes y domingo noche.
- Teléfono: 985220840
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