Mirando al mar, cantaba Jorge Sepúlveda, quizá sin pensar que había un pequeño rincón epatante en la Costa Tropical granadina, casi a punto de entrar en la provincia de Almería, y que sorprende por mantener un Mediterráneo aún marinero, pesquero y recoleto.
Se llama La Rábita –no confundir con su parentela onubense de La Rábida– y realmente es una discreta pedanía de Albuñol. No es un destino de grandes avenidas ni de planes sofisticados, evidentemente.
Su encanto se mece hacia el lado contrario en lo contrario: en la calma, en las barcas junto a la orilla, en las casas blancas pegadas al paisaje y en esa sensación de pueblo pequeño donde el mar sigue marcando el día.
Durante mucho tiempo, este enclave tuvo una función defensiva. Su ubicación era estratégica y por eso se levantaron torres de vigilancia y un castillo que servían para controlar el litoral en tiempos de piratas berberiscos.
Con el paso de los siglos, alrededor de aquellas construcciones fue creciendo un pequeño núcleo de pescadores. Así nació el pueblo que hoy conocemos, un lugar sencillo, recogido y con una esencia mediterránea muy reconocible.
Castillo de La Rábita
Por eso no extraña que el estandarte de la localidad sea la Torre de La Rábita, la mejor conservada de las antiguas torres vigía. Desde allí se disfruta una panorámica preciosa del horizonte y, cuando cae la tarde, el paisaje gana todavía más encanto. También merece una visita el castillo, que sigue en pie y permite imaginar la importancia que tuvo este tramo de costa.
En su estructura se mezclan partes de origen árabe, fechadas en el siglo XVI, con añadidos posteriores del siglo XVIII. Murallas, patios y torres recuerdan ese pasado fronterizo que hoy contrasta con la quietud del pueblo.
Paseo marítimo de La Rábita
Pasear por La Rábita no exige mucho tiempo. En media hora se puede recorrer buena parte del núcleo urbano, aunque conviene hacerlo sin prisa. Sus calles estrechas desembocan en el mar y entre las fachadas blancas aparecen acantilados oscuros que dan al paisaje un aire muy especial. También destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad de la Virgen, uno de esos templos pequeños que encajan con la escala del lugar.
Una playa casi volcánica en pleno Mediterráneo
La playa de casi un kilómetro de longitud, cuenta con servicios prácticos para pasar el día: duchas, baños, zona infantil y aparcamiento. La gravilla gris que cubre la orilla le da un aspecto diferente al de otras playas andaluzas. De hecho, mucha gente la compara con algunas playas de Canarias, porque su color oscuro recuerda a los paisajes volcánicos.
Muy cerca hay otro plan perfecto para quienes buscan un rincón más apartado. A unos veinte minutos a pie, siguiendo el acantilado, aparece la cala de El Ruso, una playa íntima y nudista rodeada de naturaleza. El camino ya merece la pena por las vistas, y el destino añade un plus para quienes prefieren lugares más salvajes.
Como buen pueblo marinero, La Rábita también se disfruta en la mesa. Comer pescado aquí es casi obligatorio. Entre los sitios recomendados aparece el Rincón de Guillermo, donde preparan pescado a la plancha, al ajillo y también el clásico pescaíto frito. Otra dirección interesante es Bodeguilla Navarro, conocida por sus platos caseros, especialmente las migas y el pulpo en salsa. Son propuestas sencillas, sabrosas y con ese punto de cocina local que encaja muy bien con el entorno.
Fotos | Exclusive Granada, Turismo Granada, Rincón de Guillermo, Wikipedia Commons.
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