Hay un rincón en el noroeste de la provincia de Guadalajara que parece estar en tierra de nadie. Allí, en la comarca de la Serranía de Guadalajara, donde el tiempo tiñe el aire casi hasta haberse detenido, una pequeña colección de pueblos que hacen de la piedra y la pizarra su razón de ser, brillan desde la oscuridad con luz propia.
Superando con frecuencia los mil metros de altitud, estas poblaciones, hoy en muchos casos sin superar los 100 habitantes censados, fueron un lugar de paso fundamental entre ambas submesetas, curtiéndose como zonas pastoriles durante las trashumancias.
Aquí el negro todo lo eclipsa en su arquitectura, poniendo en el mapa a localidades como Majaelrayo, Campillo de Ranas, Matallana, La Vereda o Roblelacasa, del que hoy hablamos, porque en él, en cierto modo, se encuentran unas cascadas que parecerían sacadas de los escenarios neocelandeses de El Señor de los Anillos, pero que están en el corazón de España.
Cascada del Aljibe. ©Turismo de Castilla-La Mancha.
Se trata de la Cascada del Aljibe, un doble salto de agua que sorprende con sus más de 10 metros de altura. Alimentado por el arroyo del Soto, un discreto afluente del río Jarama, que nace en la Sierra de Ayllón, la cascada representa a la perfección un paisaje que habla de una historia esculpida en piedra, en frío y en un territorio casi virgen.
Para llegar al mirador hay que caminar durante tres kilómetros desde Roblelacasa, oficialmente perteneciente al municipio de Campillo de Ramas, por un sendero que se inicia sin dificultad desde el aparcamiento, pero que se complica a medida que se asciende, aumentando el desnivel. No en vano, para hacer este tramo, lo normal es tardar alrededor de hora y media o, si se va desde el aparcamiento, rondando las dos horas.
Cascada del Aljibe en invierno. ©Turismo de Castilla-La Mancha.
Sin embargo, el aproximarse merece la pena, más aún en primavera o tras la temporada de lluvias, donde la cascada resuena con fuerza, cargada de agua. Allí, en esta doble poza, el aljibe naturalmente concebido, se convierte en una de las excursiones más habituales de la Serranía de la Guadalajara con un trayecto de algo más de seis kilómetros –si se tiene en cuenta el ida y vuelta– que es espectacular en los meses más húmedos y que sirve para poner el remate más natural a las clásicas rutas arquitectónicas de los Pueblos Negros de Guadalajara.
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