Cuando se habla de vino español, resulta ineludible decir la palabra Rioja. Más aún cuando se habla de exportación. Ariete donde los haya desde hace décadas, el vino de Rioja ha sido, en miles de casos, el primer contacto que los clientes internacionales han tenido ante el vino de España.
Y no es una novedad. Cuando la exportación española del vino a gran nivel estaba poco menos que en pañales, Rioja ya exportaba y vendía sus vinos. Páginas de historia vitivinícola ponen así en el mapa a productores centenarios como Marqués de Murrieta, Marqués de Riscal, La Rioja Alta S.A., Viña Tondonia o Martínez Lacuesta.
Sin embargo, la etiqueta con la categoría de gran reserva más vendida fuera de nuestras fronteras no pertenece a ninguna de esas casas, sino a otra referencia icónica y más que centenaria del vino de Rioja: Bodegas Faustino.
Todo comenzó en el año 1861 en Oyón, corazón de Rioja Alavesa, con un bodeguero llamado Eleuterio Martínez Arzok, cuyo hijo, ya en la década de 1920, desarrollaría el gran salto de la casa: embotellarlo. Este pionero, Faustino Martínez, sería además el que bautizaría con su nombre a la empresa, ya asentada con esa definición.
La casta de los Martínez
Pero falta un Martínez en la ecuación para explicar cómo Bodegas Faustino ha convertido una de sus referencias en el vino gran reserva más vendido del mundo, si hablamos de Rioja. Su nombre era Julio Faustino Martínez, miembro de la tercera generación, y el primero que tuvo claro que había que ir más allá de los Pirineos.
Inició la andadura en Austria, a principios de los años sesenta y, casi en paralelo, llega lo que sería el buque insignia: Faustino I, su gran reserva por antonomasia. Era el año 1964, aunque la primera cosecha es la de 1958 y supuso el espaldarazo de la bodega hacia los vinos de larga guarda y, además, a ir más allá de la simple etiqueta.
Faustino I ya salió al mercado con aquel rostro, de apariencia rembradtniana, en la etiqueta, que siempre ha producido la misma pregunta al que lo veía: ¿quién es? Pues, aparentemente, nadie. O nadie conocido. Mucho menos un viticultor riojano, pero sí es un detalle: era un comerciante de linos pintado por Rembrandt y con él, Julio Faustino, quiso honrar al abuelo Eleuterio.
Una etiqueta marketiniana antes de inventar el marketing
Aquella botella, además, era toda una singularidad. No solo por el rostro, también por la forma, rompiendo con la tradición bordelesa y buscando un vidrio con menos hombros y, sobre todo, por su aspecto. Todo, aunque hoy no lo creamos, iba en una dirección: crear imagen de marca y evitar falsificaciones.
La botella esmerilada ofrecía más resistencia ante las condiciones climáticas, especialmente el sol, y la redecilla, hoy vista en el vino como un arcaísmo, suponía una medida de seguridad para evitar que la botella se rellenase y vendiera de nuevo con otro vino.
Un icono que saltó de país en país ya en los años sesenta y hasta la actualidad. Faustino I está en más de 140 países, aunque sigue habiendo algunos que tiran del carro.
Hoy está en Canadá, Suiza, Estados Unidos, Holanda, México, China… Un auténtico embajador, vaya, pero en los años sesenta derribó la puerta de mercados que aún estaban por conquistar como el propio Reino Unido, además de Estados Unidos, Canadá y otros territorios como Dinamarca y Suiza, donde llegó prácticamente a la vez.
Faustino I Gran Reserva 2016 DOCa Rioja.
Hoy, Faustino I es sobrado líder de una categoría: la del vino gran reserva de Rioja, vendiendo hasta un millón y medio de botellas en todo el mundo, de las cuales, un 85% se exportan. Es decir, una de cada tres botellas de Rioja Gran Reserva que se venden a nivel mundial, son Faustino I. Casi nada.
En DAP | Los cinco enólogos que más han contribuido a mejorar la reputación del vino español en el mundo