Las suculentas tienen fama de plantas todoterreno. Se riegan poco, sobreviven a semanas de olvido y parecen adaptarse a cualquier estantería con algo de luz. Esa reputación, sin embargo, juega en su contra más de lo que ayuda.
Porque sobrevivir no es lo mismo que crecer. Muchas suculentas pasan meses, incluso años, exactamente iguales, sin hojas nuevas, sin cambios visibles y, por supuesto, sin rastro de floración. Aguantan, pero no avanzan.
Modo ahorro permanente
Esto acaba generando frustración y una idea muy extendida: que esa planta no da más de sí o que simplemente no florece o está agotada. En realidad, lo que ocurre es que está instalada en modo ahorro de energía permanente.
El factor más ignorado en el cuidado de las suculentas es la cantidad real de luz que reciben a diario. No basta con que haya claridad en la habitación: necesitan mucha luz natural y, en muchos casos, varias horas de sol directo.
Cuando la luz es insuficiente, la planta no muere, pero ralentiza todos sus procesos. Crece menos, alarga los tallos buscando el sol y deja de producir flores, aunque el riego y el sustrato sean correctos.
Riegos espaciados pero generosos
El riego es el otro gran pilar. No se trata de echar poca agua, sino de espaciar los riegos y hacerlo de forma generosa, dejando que el sustrato se seque por completo entre uno y otro.
Este patrón obliga a la suculenta a desarrollar raíces profundas y fuertes. Es una forma de activar su crecimiento natural, muy distinta al riego frecuente y superficial que la mantiene constantemente estancada.
Un sustrato muy drenante y macetas con agujero de drenaje completan el equilibrio. Sin ellos, el agua se queda retenida y la planta entra en estrés, aunque se riegue poco.
Cuando estas condiciones se dan, el cambio es evidente: hojas más firmes, crecimiento visible y, en muchos casos, floraciones que llegan sin previo aviso. La diferencia no está en hacer más, sino en hacerlo mejor.
Fotos | Evening_tao
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