Buena parte de los que viajamos en coche desde el otro lado de la frontera hacia el sur de Portugal acabamos pasando antes o después por Montemor-O-Novo, aunque a veces no seamos ni conscientes de ello.
En la carretera que une Madrid y Extremadura con Lisboa, en un punto estratégico para quienes desde el norte de España conducen hacia el Algarve y situada de manera central para los que -cada vez más- deciden explorar el Alentejo, Montemor-O-Novo no es la localidad más monumental de la región y, de hecho, la mayoría de los que pasan por la autovía no se detienen en ella, eligiendo para su parada lugares más espectaculares, como Évora, Estremoz o Alcácer do Sal.
Montemor-O-Novo es una localidad tranquila, un clásico pueblo alentejano alejado de la masificación y al margen de las rutas turísticas; una localidad con una agradable plaza de la iglesia -Terreiro de São João- un castillo en las afueras, que domina la población desde lo alto, y un pequeño mercado en el que hacerse con productos locales.
Ahí, en su falta de espectacularidad, está la clave. Ese es el motivo que hace interesante la parada gastronómica, porque aquí no abundan los restaurantes turísticos ni las ofertas pensadas para el visitante de paso; aquí no se cocinan los tópicos ni se adaptan al gusto foráneo.
La EN4, la carretera nacional que desde la frontera va hasta la entrada de Lisboa, atraviesa el pueblo. A su lado, el Largo Calouste Gulbenkian es el sitio perfecto para aparcar. Es fácil encontrar espacio, aquí está la oficina de turismo, si tienes curiosidad y a un paso está la Padaría Almansor, una panadería-pastelería en la que puedes hacerte con distintos tipos de los estupendos panes alentejanos y algunos dulces tradicionales de la zona.
Feijão con catacuzes: un potaje de alubias con hierbas silvestres.
Poco más allá, del otro lado de la carretera, en esa zona de la ciudad apartada de la ciudad vieja y aún menos visitada por los turistas, se encuentra Poda, uno de los principales motivos para detenerse en el pueblo y el lugar perfecto para sumergirse en la cocina alentejana.
La historia de este restaurante comienza hace ahora tres años. Entonces, Miguel Dominguinhos regresaba a su localidad después de unos años fuera, en los que se formó como sumiller y trabajó en importantes grupos de restauración en Lisboa. A su vuelta, le ofrecieron el espacio del viejo Bar Alentejano, un histórico del pueblo, de aquellos de techos altos y que todavía conservaba los clásicos compartimentos de las viejas casas de comidas portuguesas.
Miguel se unió a João Narigueta, un cocinero con amplia experiencia, que había pasado por L’and Vineyards, uno de los restaurantes de referencia de la cocina contemporánea en el Alentejo, y posteriormente había dirigido el restaurante Híbrido, en Évora. Y ahí nació Poda.
El local se encuentra en la Rua Sacadura Cabral, una calle tranquila en la que apenas destaca. Hay que buscar la placa junto a la puerta para acceder a este espacio que, una vez dentro, sorprende por su amplitud.
Cazón frito con migas alentejanas.
El servicio es amable, el local tiene esa atmósfera de otro tiempo, de casa de comidas de siempre. No hay nada de impostado aquí, nada que quiera llamar la atención, que parezca estar ahí para que las guías gastronómicas se fijen. Poda es una casa de comidas, sin más. Y esa es su gran baza.
Ya en la mesa, el pan -el pan alentejano es famoso en todo el país- llega en el clásico talego, la bolsa de tela, mientras se revisa la carta. El responsable de sala orienta y sugiere, propone el menú degustación o explorar la oferta de platos, todos de temporada, basados en productos estrictamente locales y con muy pocas actualizaciones.
Entre los entrantes no puede faltar la sopa del día, una opción económica siempre presente en los restaurantes tradicionales portugueses. En clave más local, una buena opción es, por ejemplo, el alimado de cardos, una sopa alentejana de tagarninas que se aromatiza con hierbas y un golpe de vinagre. Esa presencia de vegetales silvestres, característica de la cocina alentejana, recorre el menú de principio a fin y se convierte en uno de sus puntos más interesantes.
Siguiendo en la misma línea se puede continuar con un plato de feijão con catacuzes, un potaje de alubias con una variedad de acederas silvestres muy popular aquí. A primera vista, una vez cocinadas, pueden parecer espinacas, pero el matiz ácido y una cierta textura son características y le dan al plato un carácter único.
Ensopado de jabalí, un clásico del recetario alentejano.
Aunque estemos en pleno interior, el Alentejo cuenta con una impresionante franja de costa que desde siempre ha provisto a toda la zona de pescados y mariscos. La proximidad de Setúbal y Lisboa no hace más que acentuar esa tendencia a que determinados productos marinos, como las almejas, aparezcan en lugares en los que, en principio, pueden resultar sorprendentes. Y eso es lo que ocurre con el cazón, frito en este caso, que se sirve junto a unas migas alentejanas.
Llegando desde España, tal vez te sorprenda cómo se preparan las migas aquí, más húmedas, casi cremosas, habitualmente moldeadas de tal forma que pueden recordar en cierta manera a una tortilla francesa y aromatizadas con hierbas -por lo general cilantro- y en ocasiones, incluso, con naranja.
Terminamos el recorrido salado con un ensopado de jabalí, un guiso de la familia de nuestras calderetas, que parte de un marinado de la carne en vino de la zona y romero y que añade al caldo una importante cantidad de cilantro y se refresca, en el último momento, con hierbabuena. Las hierbas, siempre presentes.
En el apartado dulce, vale la pena explorar las especialidades locales, como la clásica sericaia, un dulce de yemas, a medio camino entre un bizcocho húmedo y un pudding, perfecto para acompañar el café.
La sericaia es uno de los dulces regionales más populares.
Tras un recorrido como este, que el restaurante sugiere acompañar con los vinos regionales que Miguel selecciona y propone para cada plato, los precios se mantienen en una gama contenida. No hay sorpresas, cargos adicionales o referencias que disparen la cuenta. En Poda es posible comer estupendamente por unos 30€ más bebida, algo más si se quiere hacer un recorrido intensivo y probar más cosas, quizás algo menos compartiendo raciones, pero la sensación en todos los casos es de que lo pagado es muy justo en relación con lo servido.
Entre eso y la posibilidad de bucear en la cocina tradicional alentejana, tan próxima geográficamente y tan desconocida, sin embargo, Poda es, sin duda, una parada perfecta en la ruta, un desvío de apenas un par de kilómetros desde la autovía que vale la pena llevar anotado.
Restaurante Poda
- Dónde: Rua Sacadura Cabral 25, Montemor-O-Novo (Portugal)
- Precio Medio: 30-35€ más bebida.
- Horarios: Cierra lunes y martes.
- Reservas: +351 968 307 694