Felipe Hernández es un conocido fotógrafo madrileño cuya firma se encuentra fácilmente en revistas, anuncios de moda y, cada vez más, en producciones cinematográficas –“se está rodando mucho en Madrid últimamente”, confirma–.
Pero, aunque los dos lo practicamos, no hemos coincidido nunca en el mundo del periodismo. Conozco a Hernández desde hace años porque ambos compartimos la pasión por la música y, claro está, los bares.
Hasta la fecha, Hernández había publicado un libro de retratos de la noche, Ecstasy & Wine, en el que buscó reflejar las subculturas que se movían por bares, discotecas y salas de conciertos. Su último libro también tiene que ver con los bares, pero no con sus parroquianos, sino con un utensilio ubicuo en el típico bar español: las servilletas.
“Siempre me ha gustado el tema de las colecciones, en general, desde que soy pequeño”, explica. “Siempre me han llamado mucho la atención las servilletas, los posavasos, los azucarillos, los flyers… Todas estas cosas en papel, como vehículos publicitarios, que al final es lo que siempre he considerado que eran estas cosas. Pero hubo un día en que se me encendió la bombilla, y dije, hostia, pues, ¿por qué no empiezo a coleccionarlas de verdad y a ponerlas un poco en valor? Tenía una placa de mármol en el estudio, emulando una barra de bar, y empecé a fotografiarlas”.
Nació así la cuenta de Instagram @servilletas_, donde Hernández ha ido subiendo su colección, que ahora ve la luz en un volumen publicado por la editorial catalana Ojos de Buey, en colaboración con Cervezas Alhambra.
“Cuando empiezo un proyecto nunca pienso cuándo lo quiero acabar ni nada, pero sí que sé hacia dónde puede llevarme, y yo siempre pensé que para esto la mejor manera y la forma más honesta y con más respeto era hacer un libro”, explica Hernández. “Porque al final un libro es algo que permanece, es como hacer un disco. Los discos y los libros para mí tienen algo mágico, porque al final permanecen en el tiempo no se sabe hasta cuándo. Siempre pensé que el formato ideal era un libro más que una exposición”.
La servilleta como identidad del bar español
En casi una década Hernández ha acumulado más de 1000 servilletas. Por suerte es mucho más cómodo acumular servilletas que discos, de los que siempre te acuerdas en las mudanzas. “Lo bueno de esta colección es que es una colección que ocupa poco, todo hay que decirlo, que en cinco cajas o seis de zapatos las puedes guardar”, explica.
Para Hernández, las servilletas de los bares son, ante todo, memoria gráfica de España: “Es un trozo de papel, pero es un trozo de papel que creo que significa muchas cosas. Ya sean los carteles, las bolsas de los negocios, las servilletas, los papeles donde te ponen el filete o el pescado en los mercados… Me parece muy importante porque creo que al final habla de la gente que habita en las ciudades y en los pueblos”.
Las servilletas de los bares, de hecho, hace mucho tiempo que dejaron de cumplir su cometido real, pues como todo el mundo sabe, apenas sirven para limpiarse.
“Estas servilletas realmente no se hicieron con el fin de limpiarse, sino con el fin un poco de paliar la grasa cuando vas a coger un churro o una gamba gabardina, ese frito que tú cogerías de la mano”, explica Hernández. “Si la coges directamente, pues se te llenan las manos de grasa, y con esto quitabas un poquito de la grasa”.
A Hernández, de hecho, no le han interesado nunca todo tipo de servilletas: solo las clásicas verticales, con el logo y la dirección del bar en cuestión y, a menudo, el clásico “Gracias por su visita”. Un estándar de bar que es común a toda España, pero no se ve en otras zonas de Europa. “En Francia, en Italia y Portugal, hay a veces, pero es muy residual”, explica. Solo en Argentina son también muy típicas, aunque tienen otro formato, horizontal.
La gentrificación del servilletero
Desde que Hernández comenzó a coleccionar servilletas, en 2014, ha habido muchos bares en los que han desaparecido, no tanto porque dejen de tener estas servilletas, sino porque los establecimientos van cerrando y los que abren nuevos no suelen tenerlas.
“Con el tiempo terminarán desapareciendo, pero no lo digo tampoco como algo negativo, al final la vida es así”, explica Hernández. “A lo mejor la persona que coja el bar, pues no le interesa gastar, imagínate, dos mil euros en imprimirlas, cuando las puede comprar genéricas por mil”.
De un tiempo a esta parte no es que los bares hayan dejado de tener servilletas, pero son de otros materiales y sin personalizar: llevan frases motivacionales o, en el peor de los casos, el anuncio de una inmobiliaria. “Las verdes y las rojas, no tenemos que decir más nombres”, sentencia el fotógrafo, que, claro está, no ha incluido servilletas de este tipo en el libro.
Aunque le habría gustado hacer un libro con miles de servilletas, al final tuvo que hacer una buena criba. “No es lo mismo que el libro cueste 60 euros que cueste 38”, explica Hernández. “38 vale, que no es que sea una cosa barata, no son 60 euros que ya es una cosa que, bueno ya sabes cómo es esto, que ya te estás posicionando a lo mejor en otro mercado que no es tampoco a lo que queríamos llegar”.
A la hora de hacer la selección, Hernández ha tenido en cuenta sobre todo el valor gráfico de las servilletas, pero también ha escogido bares de toda España. Entre sus favoritas, las servilletas del pub Charing Cross de Madrid, la de la cafetería Breast de Deusto –el bar en el que se le ocurrió empezar a coleccionar servilletas– o el Café Gijón, que sirvió de inspiración para el diseño de la portada del libro.
Por suerte, aunque este tipo de servilletas acaben desapareciendo, las tendremos bien catalogadas y conservadas, algo más difícil de lograr con otra parte de la historia de los bares como son sus carteles, fachadas o decoración interior.
“En Madrid se han tirado sitios que eran increíbles para hacer un bar de cartón piedra con cuatro placas de pladur y una barra de DM”, concluye Hernández. “Imagínate en Madrid si hubiesen quitado el cartel de Schweppes. Ahora mismo irías por la Gran Vía y dirías vale, la Gran Vía, Callao, pero aquí falta algo, ¿no? Para mí el cartel de Schweppes tiene el mismo valor que puede tener un edificio de hace 200 años. Te lo digo de verdad, porque significa algo de la ciudad”.
Imágenes | Felipe Hernández
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