El turismo lo está transformando absolutamente todo, incluso en ciudades plenamente abocadas a esta actividad. Una de las últimas desventuras de este motor ha sido terminar con uno de los restaurantes más icónicos del centro de Peñíscola.
El ya histórico restaurante familiar Xulos ha colgado los hábitos de las comidas y las cenas para dedicarse exclusivamente a la actividad de hostal, estrenada hace pocos años como diversificación del negocio.
Tras 35 años de historia, el emblemático negocio familiar ha bajado ya la persiana y ha dejado en Peñíscola algo más que una mesa vacía: deja el recuerdo de varias generaciones que han pasado por allí casi como quien vuelve a casa.
La despedida ha sido ya para esta temporada de 2026, recién inaugurada en la localidad con la llegada de la Semana Santa y la primavera, poniendo fin a una trayectoria que empezó en 1991 con una idea tan sencilla como poderosa: cocinar producto fresco de la lonja local y servir una cocina de verdad, sin artificios.
Según la prensa local, el establecimiento nació cuando José Antonio Beltrán, marinero hasta entonces, y María Dolores Castell, conocida por todos como Lolín, transformaron la casa familiar en un pequeño comedor de apenas cuatro o cinco mesas.
La historia del restaurante estaba literalmente ligada al mar. Cada mañana, José Antonio acudía a la subasta de la lonja de Peñíscola para escoger el pescado y el marisco del día: rodaballo, langostinos, pulpo o pescado de temporada que llegaba de forma directa a la cocina.
Entonces no había apenas carta. Según ha contado la familia, muchas veces bastaba con acercarse a la mesa y explicar qué había traído el mar esa jornada. El cliente elegía a partir del producto disponible, en una dinámica que hoy suena casi revolucionaria por su honestidad.
La cocina de Lolín hizo el resto. Paellas, fideuás, arroz a banda, all i pebre o pulpo guisado con cebolla formaron durante décadas el núcleo de una propuesta profundamente local, donde el sabor estaba antes que la sofisticación.
Para María y Antonio Beltrán, hijos del matrimonio y actuales gestores hasta el cierre, Xulos no fue solo el negocio familiar: fue su infancia, su casa y su escuela. Crecieron entre platos, sobremesas y clientes habituales, viendo cómo el restaurante se convertía en parte del paisaje emocional de Peñíscola.
Con el paso de los años el proyecto creció. En 2015 llegó una reforma y la familia llegó a gestionar dos locales durante un tiempo, mientras Lolín mantenía uno de los grandes clásicos de la casa: sus postres caseros, casi tan conocidos como el pescado de lonja.
Diversificación del negocio
El restaurante también actuó como trampolín para una nueva etapa: la apertura de Xulos Rooms & Suites, el alojamiento situado justo encima del local, que seguirá funcionando como parte del legado familiar.
El cierre, por tanto, no es solo el fin de un negocio, sino el cierre de una forma de entender la restauración en la costa: producto fresco, cocina honesta y una relación con el cliente que se parecía más a la de una familia que a la de un restaurante al uso.
Foto | @hostalxulos/Instagram